Esa noche el cielo brillaba por millones de estrellas. Cada cual con su historia; cada cual con su dicha y misión interestelar. Con su linterna en mano se alejó de la ciudad. Buscó un rincón alejado, cerca de un riachuelo, donde la vegetación era escasa, y así, poder observar, aquel espectáculo sin contaminación lumínica alguna que pudiera transgredir la realidad. Se sentó en un pequeño pilar, que sujetaba una puerta hecha de maderos de una hacienda abandonada. Absorta en aquel espectáculo que le brindaba el universo, encendió su linterna hacia el cielo... ¿Sería posible dar con la estrella que iluminara sus dudas? ¿Daría con aquella sinrazón que le diera sentido a su vida? ¿Existiría aquella revelación por la que valga la pena morir? ¿Es en el caos dónde se puede dar orden a nuestras propias partículas?
De pronto, escuchó un crujido a sus espaldas. Quiso saber de qué se trataba. Era mi espectro. Me acercaba parsimoniosamente hacia ella. La luz de su linterna se reflejaba en mis ojos, dibujando en mi perfil, una imagen dantesca. Ella lo miró impasible; le respondí con una sonrisa, y me senté junto a ella. Seguimos observando aquel espectáculo sin decir ni una sola palabra. Así estuvimos hasta que empezó a romper el alba. Ella apagó su linterna y, entre dientes, dejó escapar un suspiro melancólico. De mi boca, sin apartar la mirada del cielo, con una voz quebrantada, empezaron a brotar necias palabras: "Una región finita del espacio, en cuyo interior, existe una concentración de masa lo suficientemente elevada y densa como para generar un campo gravitatorio, tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ella, es eso..."

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