jueves, 24 de septiembre de 2020

 ¿A qué huelen los sueños? ¿Qué forma tiene el aire? Y, ¿el agua? ¿A qué huele el deseo? Y, ¿las ganas?

Qué puede parar al Sol... Y, ¿a la luna?

Siempre hay razones que nos hacen enloquecer. Así pasaba las noches enteras desde su partida. Intentaba darle forma al agua, a las ganas y a la luna en el refugio de mi alma. Me había encerrado en el castillo de quién creía ser. Murallas infranqueables había reconstruido y, sin darme cuenta, en la necedad de mi existencia, había entrado en un bucle autodestructivo. Las bastas paredes empezaban a tomar un color verde amarronado, de tanta humedad que habia derramado en forma de lágrimas. Me asfixiada. Pero, en el último suspiro agónico, conseguí salir a la superficie, sin esperanza alguna, de encontrar respuesta a todas mis estúpidas preguntas. No somos conscientes, de lo arraigados que estamos a la vida, hasta que escuchamos afilar la guadaña.

Al alba siguiente, al pasar por delante del espejo y, ver reflejado en él, un espectro con mi misma cara, se apoderó de mí la nostalgia de quién fui en antaño. Esa tristeza acabó por derramar mi último aliento, y me hice una promesa: resurgir. Resurgir a pesar de saber que soy libre de mis propias elecciones, pero no de las posibles consecuencias. Me enfundé en mi coraza de hielo y, con una sonrisa, decidí pasear por el hipócrita bosque sombrío de la vida. No vivimos, se aprende a sobrevivir. Las sombras no desaparecían a pesar de mi actitud, sino que, tomaban un color aún más plomizo. La utopía es solamente un estado mental. Cansado, me senté al pie de un viejo árbol y, mientras estaba de nuevo ensimismado en mis estúpidas preguntas, escuché un ruido sordo. Era una música mística. Celestial. Abrí los ojos y cerré la mente. Era una imagen difusamente limpia la que se apareció delante de mi. Un aro de fuego la envolvía y, en su interior, el agua, las ganas y la luna, daban forma a un cuerpo de mujer. No, no era un trisquel cómo pensé en un primer momento, era una princesa . Una Princesa de fuego, dueña de su destino, vestida de ninfa y sensibilidad. Me quedé absorto viéndola cómo se acercaba a mí, danzando al son de la música que emitían los latidos de su corazón, en forma de tambores tribales. Se detuvo enfrente de mí. Extendió su mano y, con un beso en forma de caricia, posó sus dedos en mi cara. Sentí, cómo su calor, derretia mi coraza de hielo, dándole forma al agua. Las orejas se me empezaron a alargar, mis extremidades pasaron a ser patas, los colmillos se me desarrollaron al igual que mi hocico y, el cuerpo entero, se me cubrió de un espeso pelaje blanco. Sí, me había convertido en un lobo. Sí, me había propuesto resurgir, lo que aún no era consciente de las consecuencias que acarrearía. Nos mirábamos fijamente a los ojos sin decir palabra alguna. El raciocinio se hubo convertido en demencia. La demencia en deseo. Y el deseo, en esas ganas que te duele hasta el último átomo de cada puta célula de tu cuerpo. Y, cómo si de un conjuro se tratará, me susurró al oído: "Thig crìoch air an t-saoghal, ach mairidh gaol is ceòl". Desde entonces soy esclavo de la luna.

Aunque, desde aquel día, a pesar de darles razones a mi locura, sólo me cabe una duda. Estaba seguro de que las puertas del cielo y las del infierno dependían de sus piernas. De lo que dudaba, era de si cuándo las abría al cielo o cuándo las cerraba al infierno, o al revés...





viernes, 18 de septiembre de 2020

 

Acaricio con la yema de mis dedos y los ojos cerrados, las ondulaciones que dibuja su pelo castaño oscuro. Me imagino el vaivén de las olas del mar: un mar dónde quisiera naufragar. Abro los ojos y me encuentro con su mirada azul aguamarina, y me falta el aire, me ahogo. Es una mirada tímida la suya. Una mirada limpia. Dónde se aprecia perfectamente la fortaleza de su alma. Y, ¿qué cómo puedo hacer esa afirmación? Porque, la timidez de su mirada y su vocación profesional, es la perfecta antítesis que engloba la perfección. Ella es fuerte y con determinación. Ella es humana. Y, como humana que es, lleva dentro todos los demonios. Aún así, deja de lado el egoísmo y empatiza con los más necesitados.

Sigo deslizando las yemas de mis dedos por encima de sus desnudos hombros. Sólo una tira fina de color rojo, que sujeta su pijama, los cubre. No, no es negro y de encaje, pero me encanta. Y ella también lo sabe. Y no porque sea del mercadillo y tiene más de diez años y Koda había dormido encima de él antes de ponérselo y deja ver las nalgas de su culo, no... (bueno, un poco sí) es por el porte y elegancia con el que lo luce. Y ella lo sabe. Conoce, perfectamente, el poder imnotizador que ejerce sobre mí, y sobre cualquier hombre si se lo propone. (lo descubrió con 17 años). Sé, también, que sin pretenderlo ella, se ha adueñado del poco raciocinio que me quedaba. Ella no lo sabe, pero ya se lo digo yo: hacía demasiado tiempo que no encontraba otra mejor manera de perder la razón. Y, para prevenirme de tu futura avaricia, decirte que: el problema no es que te vayas, es que lo hagas y consigas ser feliz, porque solamente en la felicidad se olvida. Y que me olvides, créeme, es como morir un poco. Igual que cuando pasan las horas, y no veo una erre. ¿Eres consciente de lo feliz que me haces al ver una erre instantánea?

Aparto la fina tira roja que cubre sus delicados hombros y, cae al suelo su pijama. Está preciosa desnuda. Nunca he visto tanta grandeza en un metro cinquenta y siete de estatura. (uno sesenta y cinco con tacones). Ya se que estarás pensando que nunca duermes sin ropa interior, pero, éste es mi manuscrito y sueño en letras. Me acerco a su oído y, con un mordisco en el lóbulo izquierdo, le susurro todas las ganas que despierta en mí. Me contesta con un guantazo. Y un beso desesperado...








jueves, 10 de septiembre de 2020

 La verdad, no creo que haya hecho las cosas mal. No me asusta pensar en tu partida, jugué mis mejores cartas. En mi defensa puedo alejar que nunca dejaste de importarme, sólo te dejé de molestar.


Dicen que hay cosas que no se pueden cambiar, hay que tener valor para cambiar las que sí se pueden y sabiduría para distinguir unas de otras: a mi me falla lo de la sabiduría.

Estoy creciendo y aceptando con un poco de dolor entre los hombros, que a veces lo que quiero, puede no ser lo mejor para mis planes. Tal vez haya otras músicas que no he escuchado, historias para escribir y el alivio de una tranquilidad entre ecos del vacío que implica estar solo.