Cuenta la leyenda que un valeroso y apuesto caballero mató a un noble dragón para impresionar a una princesa y, de su sangre, brotó una rosa. El apuesto caballero, con su lanza en mano y al lomo de un equino, se fue en busca de su deseada princesa y comieron perdices el resto de sus días. Cuentan...
Los habitantes de esa ciudad, no contentos con la ira gratuita desatada del apuesto caballero sobre el noble dragón, hicieron cenizas con los restos. Pero la rosa logró quedar intacta al fuego, al dolor, a la mezquindad y a la sordidez de sus habitantes. La rosa, que deseaba entregarse por completo al verdadero amor libre, después de lo ocurrido, al sentir en el fondo de su pistilo toda esa maldad, para que ningún mundano se atreviera a rozarla, desarrolló en su tallo unas afiladas espinas. Se había convertido en la flor más preciada y deseada, símbolo de la verdadera entrega.
Muchos, hasta la actualidad, han intentado hacerse con ella como prueba de la verdadera entrega para con su amada, pero han desistido en el intento, por miedo a clavarse las afiladas espinas...
