He inventado encuentros anónimos inesperados para con ella. Era la mejor manera que tenía de sujetar su mano haciéndole creer que la vida era bonita, buena y justa. Y, aunque el mundo se estuviera cayendo en pedazos, era mi forma más sutil para decirle: "te quiero, y prefiero quedarme aunque me duela y no suela salirme del todo bien". Sí, lo reconozco. Mi necedad siempre a sido el hilo conductor de mis locuras.
Una mañana lluviosa de otoño, tras una noche de insomnio clandestino, salí de casa demasiado temprano. Llevaba un paraguas en la mano y una naranja en mi bolsillo. No tenía rumbo fijo. Me dediqué a vagar por las calles de mi pequeño pueblo marinero. En la mirada podía sentir, perfectamente, el peso de la tristeza. Una tristeza transparente, sin forma concreta e inalcanzable, cómo el agua que caía sobre mi paraguas. Pero, ¿Por qué debería de estar triste si, solo yo, era capaz de despertar la gata que lleva dentro inventando esos encuentros anónimos? Pero yo no pensaba en ese detalle. Estaba ensimismado en los silencios de ella, tras descubrir el anonimato de la tenecidad que despertaba en mi alma. ¿Se le habría comido la lengua la gata? ¿Se le habría mojado el coño? ¿Antes o después de haber saciado su curiosidad? A saber, eso quedó para la noche.
Absorto en esos pensamientos, vagando por las antiguas callejuelas de mi pueblo, inmerso en la lluvia, acabé en un pequeño mirador, cerca del muelle, debajo del faro que protege a los barcos de los arrecifes y dónde se suelen congregar los viejos pescadores para ver la salida de sus antiguos compañeros de oficio. Un auténtico espectáculo, vamos. Esa mañana, al levantar la vista, tansolo me topé con un hermoso colibrí. Batía sus alas a gran velocidad, cómo mi corazón al verlo, a pesar de la fría agua que estaba empapando nuestras alas. Si es que, ningún pasado debería quitarnos las ganas de futuro, pensé. Los barcos estaban dispuestos en batería, esperando el disparo de salida para poder hacerse con la mejor parcela de pesca. Me senté en un banco y pelé la naranja que saqué de mi bolsillo. Empecé a comérmela lentamente, recordando el sabor de las naranjas de mi infancia, aquellas naranjas enormes de piel dura, que dejaban un suave aroma al acabar. Miré la mía con desagrado. No sabía igual. Ya no hacen naranjas como las de antes. Disgustado, la dejé en el banco y quise retomar el camino a casa. Pero, en ese preciso instante, en mi cabeza revoloteó, cómo las alas de aquél hermoso colibrí, una sola idea: "lo mejor, es que los buenos recuerdos sigan siéndolo." Y así lo hice. Cogí lo que quedaba de naranja y me precipité al vacío con ella, en el mismo instante que se escuchaba el disparo de salida sobre aquellos arrecifes.
Así logré mantener esa distancia justa para con ella. Esa que ni nos aleja, ni nos separa. Esa misma distancia que mantiene unidos a todos los buenos recuerdos, sempiternamente...