En antaño, cuando Dios creó la vida, todos gozábamos de la libertad absoluta. Nuestra función era sencilla: Nacer, crecer, reproducirse y morir. Sin miedos ni valores. Lo único que importaba era poder llegar a ver un nuevo amanecer, aunque, sinceramente, tampoco nos quitaba el sueño. La vida fluía armoniosamente a través de las casualidades. Éramos dichosos y, cómo animales que somos, sin ser conscientes de ello.
Envidioso de la gran obra de su eterno rival, el Diablo, quiso joderle el invento. Nos dotó de consciencia y, con ello, la capacidad de razonar. Pasamos a ser una especie de "Ser humanos". Lo cuestionamos todo con preguntas estúpidas y absurdas, sin sentido ni argumento alguno de cualquier cambio que observábamos en nosotros mismos y en el medio dónde íbamos prosperando. Sabiendo, de sobras, que todo acaba cuando morimos.
El Diablo, creyendo que al otorgarnos esa cualidad iba a joder el experimento de su eterno rival, provocó todo lo contrario. Una función tan sencilla como dejar descendencia, iba a convertirse en el mayor de los placeres de "Ser humanos". Nuestra existencia había tomado sentido, o eso creíamos. La promiscuidad nos daba aún más libertad y, aún mejor, al ser conscientes de ello, anhelábamos estar en compañía. Así fue como se fraguó el sentimiento de Amistad. Nos sentíamos vivos.
Dios, ese ser todo poderoso, al ver el resultado obtenido, le dio las gracias y le invitó a unirse a esa bacanal de "Ser humanos" que, sin pretenderlo, había creado (ironía pura y dura, era un poco pícaro ese Dios). El Diablo, ofendido, no pudo aguantar su ira. Se le había torcido completamente su maléfico plan. Entonces comenzó a cavilar. Si de una intención mala he obtenido un resultado buenísimo, haré al revés, pensó y, así obtendré un resultado maléfico. Así lo hizo.
Esta vez nos otorgó buenos sentimientos: compasión, cariño, devoción, fidelidad y ternura. Se sentó en su catre y se limitó a observarnos. Veía como la libertad de la cuál gozábamos se iba resquebrajando. El acto de reproducirse pasó a ser una rivalidad. Quisimos adueñarnos y dominar a nuestros congéneres del sexo opuesto, para poder dejar nuestra descendencia. Se había fraguado un nuevo y letal sentimiento: el Amor. El Diablo se había salido con la suya. Había creado el caos.
Dios, abrumado, empezó a cabilar para poder sacarnos del caos en el que estábamos sumidos. No podía deshacernos de esos buenos sentimientos. Iría contra sus principios. Después de días y noches sin pegar ojo, intentando buscar una solución, se iluminó. ¡Eureka! La hubo encontrado. Creó un duende, el Duende del Olvido. De esa manera, cualquier desengaño amoroso, el duende lo confiscaría y, de esta manera, nos disiparía el camino de la desazón. Y así lo hizo. Funcionaba. Cualquier desengaño amoroso era confiscado y archivado por el Duende del Olvido. Hasta que dio con nosotros: TÚ y yo...
Que sin tocarnos ni mirarnos a los ojos, sin una caricia, vamos, sin un contacto físico. Sólo con nuestras almas, noche tras noche, confiándonos el uno al otro, poniéndonos a prueba y discutiéndonos las verdades, hemos creado un lazo afectivo más profundo de lo normal, más profundo que ni en el mismísimo infinito puede abarcar.
TÚ (en mayúsculas, sí) Nihilista convencida, amante de la verdad emocional, luchadora, reservada, inteligente, con unos valores irreprochables. Pasional...
yo: Un necio...
Invocamos la presencia del Duende del Olvido que, en sus archivos, tiene los más grandes tormentos sufridos por desamor. Acudió. Analizó nuestro desconsuelo y sufrimiento. No pudo evitar llorar. Se preguntó porqué Dios, su jefe, no había creado un duende también para él. Se negó a archivarlo. Me llamó por teléfono. Sí, a mí. Le hubo fascinado mi necedad, o qué se yo...
Me dijo:
"NO DEJES QUE SE VAYA, TEN VALOR."
"NO DEJES QUE SE VAYA, TEN VALOR."
Y yo le pregunté:
"Por qué no te apiadas de nosotros, so payaso"
"Por qué no te apiadas de nosotros, so payaso"
Aún no he obtenido respuesta.



