lunes, 12 de diciembre de 2022

 La vida es un entramado de estímulos, donde nuestros receptores biológicos, no siempre están preparados para poder entenderlos y asimilarnos. Nos limitamos a sacar nuestras propias conclusiones, alejándonos de la realidad e idealizando nuestros sentimientos a nuestro antojo. No nos queda otra...


Pero la realidad es que si te encuentras con una dama de picas con olor a canela surcando los cielos y no sientes sus cadenas para ser libre, la deseas tanto como para que deje de ser un trozo de carne a la que incarle el diente y le regalas incondicionalmente el cobijo de tu alma para que construya su hogar, el amor verdadero dejará de mover montañas.

Sí, "el amor verdadero", conlleva un gran esfuerzo y una gran responsabilidad que no todo el mundo está dispuesto a asumir; correr el riego de no herir a la otra persona y hacerle mejor persona, para que cuando despierte, pueda volver soñar...






lunes, 23 de agosto de 2021

La lengua en un reloj de arena hecha saliva.

Nudos que estrangulan amígdalas.

Visceras escupiendo chillidos.

Realidades etéreas.

Sueños eternos.


(No pienso ir a mi sepultura)






sábado, 14 de agosto de 2021

 Toda flor puede sobrevivir en cualquier jardín; llegar a flocer en todo su esplendor y belleza eso es otro tema. En esta vida no todo son flores, siempre habrán plantas Gimnospermas con el afán de conquistar la mayor extensión de terreno, sin tener la necesidad de florecer, tansolo proyectarse en sí mismas, sin lazos que le ahoguen. Esas son las plantas más peligrosas para cualquier jardín, porque desean ser libres y, a la vez, depender del suelo más fértil para arraigar sus raíces y poder expandir sus mejores semillas mecidas al capricho del viento, sin miedo a que sean envenenadas.


Y, sin embargo, yo sigo esperando la llegada de esa semilla en una tierra estéril, consultando cada día el horario de las mareas. Sé que el océano regresará algún día y podré tatuar mi esencia justo donde su alma dibuje el placer de sus aguas.

Mientras tanto recogeré caracolas...









jueves, 5 de agosto de 2021

 Sólo quién se conoce realmente puede llegar a consensuar. Y no. Nadie tiene esa capacidad. Dejaríamos de sentir emociones, convirtiéndonos en seres autosuficientes sin tener la necesidad de relacionarnos. Sin embargo, nuestra entropía nos mantiene en un estado etéreo, gererando un mar de dudas y, quién duda, no puede llegar al consenso, tansolo degradar la realidad. Y alguien cuyo propósito es salir a flote bajo una etiqueta para cambiar la realidad a su antojo, jamás lo hace para quererte más a ti, si no para quererse él dos veces creyendo estar a la altura. Por eso odio cualquier etiqueta o verdad absoluta. Y el problema de no estar a la altura no es cuestión de tamaño, si no de profundidad. Nos limitamos a medir desde el suelo y olvidamos las raíces. Y las suyas están llenando de primaveras todos los caminos que aún, no me he atrevido a recorrer...





sábado, 5 de junio de 2021

 "Nos vamos a Valencia, Inés..."

Con esas palabras me acerqué a mi esposa mirándola con gesto serio y decidido. Ella se quedó muy sorprendida, con los ojos fuera de órbita y un nudo en el estómago. Sabía perfectamente el motivo del viaje.
"¡A qué viene eso, Javier!" Preguntó cuando logró asimilar mis palabras.
"¿No me vas a acompañar?" Volví a preguntar convencido de mi decisión.

El silencio se apoderó de su boca, y la rigidez, de cada músculo de su cuerpo. Pero, por el resquicio de su cerebro anulado tras la determinación que había tomado, se le coló una sola pregunta, cargada de un mejunje ambiguo que se deslizaba por cada rincón de su cuerpo: "¿Por qué después de tres años de relación con esa chica ha decidido proponérmelo ahora?" Jamás se había podido imaginar, y más habiendo sido consciente de todas mis infidelidades, habiendo sentido el deseo con que la penetraba después de cada encuentro que había tenido con esa chica, sintiendo un gran escozor dentro de su alma y, sabiendo que no era a ella a quien realmente poseía, lo que le estaba sucediendo: ese mejunje ambiguo cargado de odio y deseo que corría por sus venas se había convertido en humedad, que le estaba acariciando cada pliegue de su sensible sexo...

Inés había nacido en el seno de una familia conservadora. Educada en la moral cristiana. Es la segunda hija de tres hermanos. Sí, la invisible. Simpática y honesta. Con un carácter fuerte e ideas claras. Atractiva por fuera y más por dentro. Enamorada de su matrimonio y capaz de seducir a cualquier hombre. Dedicada a nuestro hijo, al hogar y a su marido (en ese orden). Yo soy el pequeño de cuatro hermanos. Sí, el consentido. Era un padre de familia ejemplar. Lo digo en pasado, sí...  Llevaba, y llevo, mi negocio al pié de la letra. Amo a mi esposa y a mi hijo por encima de todo. Mi trato hacia la familia y amigos siempre ha sido abierto y cariñoso, provocándome pequeñas heridas, que con el tiempo me ha hecho más distante e introvertido. No esperes de los demás lo que tú mismo no eres capaz de darte. Y sí, era un tipo normal. Un tipo sin pretensiones. Pero cuando llegaba la noche y me encontraba en la soledad de mi habitación sin miedo a ser juzgado por nada ni nadie, me regocijaba en mis más profundos pensamientos, intentando entender quién era realmente. Aún sigo sin saberlo del todo.

Por mi mente pasaban, y pasan, infinidades de morbosas perversiones sexuales. Intentaba entender en los encuentros sexuales de mi infancia, ya que desde muy temprana edad me he visto involucrado en ellas, el motivo de mi lascivia. Recuerdo mi primer contacto con el sexo, debía de tener siete u ochos años, en un viejo palomar. Son imágenes difusas, pero recuerdo perfectamente como mi prima, tres años mayor que yo, se bajó las braguitas y me hizo rozarle sus partes más íntimas, despertando en mi un instinto que hasta entonces desconocía. Cosa que volví a repetir, pasado poco tiempo, con dos vecinas de mi misma edad, pero esa vez fui yo quién las indució a ello. No es recordar el acto sexual en sí lo que ensancha mi alma, libera mi mente y hace que la sangre me baje a la polla y tenga que masturbarme haciéndolas todas realidad, ¡No! Es el morbo de lo prohibido, sin miedo a ser juzgado por nada ni nadie, lo que despierta mi verdadero deseo.

Una noche, Inés, entró en la habitación después de haber acostado a nuestro hijo y me sorprendió sumido en mis más profundos pensamientos. Masturbándome con ansia. Ella no dijo ni una sola palabra al verme en ese estado. Una sensación de locura y deseo se apoderó de su cuerpo. Inevitablemente no pudo más que acercarse sigilosamente y unirse al festín en el que estaba sumergido. Fue un acto sublime. No pensábamos. Tansolo nos dejábamos llevar logrando electrizantes y febriles orgasmos. A la mañana siguiente, ambos guardamos silencio. Evitabamos mirarnos directamente a los ojos, creyendo que así podriamos obviar lo sucedido en el alcoba de nuestras almas la noche anterior. Ella por el pudor de haberse unido sin permiso a la bacanal que tenía formada en mi mente. Yo, por el miedo e incertidumbre de haber sido descubierto. Creíamos que era inmoral. Pasaron las noches y no se volvió a repetir ese encuentro furtivo e inesperado. El miedo y el pudor anulaba el instinto sexual de Inés. La mantenía en un orden etéreo moralmente correcto. Continuó con su rutina matrimonial. Intentaba obviar mis travesuras nocturnas, pero lo único que conseguía era aumentar su deseo sexual. Yo seguia en mi lucidez matinal y demencia nocturna. Empecé por interesarme, aún más, dejándome llevar por mi instinto, por las artes amatorias más perversas y bizarras. Leía cualquier cosa relacionada con el sexo y la perversión. Era lo que me gustaba. Era lo que hacía sentirme realizado y dar sentido a mi existencia. Era lo que estaba descubriendo en mis últimos pensamientos en la soledad de mi habitación.

Visitaba, y visito cada vez menos, una tienda erótica donde iba adquiriendo varios productos paulatinamente, fantaseando con la idea de que, algún día mi esposa volvería a sumergirse conmigo en lo inmoral. La primera adquisición que realicé fue un gel lubricante. Y con la misma ilusión inocente de un niño que espera la salida al recreo, me dirigí a casa. No dudé ni un segundo en enseñar y proponerle utilizarlo esa misma noche. Era sólo un gel inofensivo, pero para mí, estaba cargado de lujuria, deseo y lascivia. Inés, para mi sorpresa, accedió tímida y ruborizadamente, y un hormigueo recorrió cada poro de mi piel al sentir sus ganas. Llegó la noche. Se dirigió al aseo con los nervios a flor de piel y un nudo en el estómago. Mientras tanto, yo la esperaba impaciente en la cama. Solo llevaba puesto las ansias y mi fantasía por sombrero. Apareció tras la puerta del dormitorio con el pelo húmedo. Llevaba puesto un conjunto negro, y de encaje, con unos ligueros que sujetaban las medias del mismo color. Al verla, pensé que era una diosa. Mi Diosa. No nos resistimos ni un segundo a unirnos en un suspiro de deseo. Nuestras bocas se devoraban acompasadamente jadeantes de placer. Caimos derretidos en el lecho matrimonial. Apartó sus braguitas negras y de encaje a un lado, dando paso a mi duro falo. Estaba preciosa, y me deslicé sin dificultad alguna en su interior, sintiendo como cada pliegue de su sexo se iba amoldando a mí.

Alargué el brazo y me hice con el bote de lubricante. Rocié mi mano con una cantidad generosa y la apliqué sobre las tetas, coño y culo de mi diosa. No pudo evitar tener un orgasmo al notar el líquido frío y viscoso sobre sus zonas más íntimas, y empezó a rozarse el clítoris con brío. El placer que sentía era infinito. Le ordené que introduciera dos dedos dentro de su vagina sin retirar mi duro falo como el acero que la estaba penetrando. Su dilatación iba en aumento, igual que sus orgasmos. Ya no eran sólo dos los dedos en el interior de su vagina, sino tres. Vi como puso los ojos en blanco y pensé que se iba a desmayar por estar recibiendo tanto placer. Retiré mi falo del interior de su sexo en un movimiento seco, aumentando las ansias de mi diosa. Me deshice de las braguitas negras,y de encaje, que aún llevaba puestas. No pude evitar olfatearlas antes de arrogarlas al suelo, produciendo un morbo añadido en nosotros. Me coloqué enfrente de ella. Hice que apoyara los pies sobre mis hombros para poder deslizar un cojín por debajo de su trasero, y así alzar sus caderas y tener bien expuesto su coño para mi antojo. Me detuve unos instantes a observar la escena que me estaba brindando la madre de mi hijo. La miré a los ojos y en ellos vi un pozo infinito de lujuria, amor y perversión. La entropía se había apoderado de mi orden moral. Me sentía libre, con alas, y ella, estaba decidida a dejarse llevar.

Me unté abundantemente la mano de lubricante. Puse tres dedos en la entrada de la vagina, notando como estos eran absorbidos sin la menor resistencia. Luego fueron cuatro dedos. Inés no podía, ni deseaba, dejar de acariciar su hinchado y sensible clítoris, pero esta vez lo hacía con más ansías. Su mente era un folio en blanco donde le estaba redactando sus mejores orgasmos. Yo no dejaba de ejercer presión con mis cuatro dedos hundidos dentro de mi ansiado coño. Ella estaba experimentando un nuevo orgasmo que le produjo una convulsión en las caderas y, sin notar el menor dolor, sin ser conscientes ambos, mi mano entera se deslizó dentro de la cavidad vaginal de Inés, mi diosa, mi diosa más puta. No era consciente de cuántos dedos había introducido en su interior, sólo sentía como su alma se elevaba a otra dimensión y su sexo, dilatado y rezumante, instintivamente, estallaba como un géiser en un orgasmo. Temblaba. Se estaba meando al sentir tanto placer. Me quedé atónito, tansolo me limité a observar la escena, grabándolo a fuego y roca en mi alma y cerebro desbocado, comprendiendo así, donde residía realmente la existencia de mi verdadero placer: en el poder que tenía para someter a una mujer a experimentar mis más perversas fantasías, y el placer que en ellas podía llegar a infligir. La entropía había desatado todos mis demonios sexuales, dando respuesta a mi sentir.

Esa noche experimenté dos nuevas prácticas sexuales de libro: el fisting y el squirting. Lo había leído y visto en páginas de internet, pero nunca me imaginé que podría llegar a sentirlo en mis propias manos. Seguí visitando la tienda erótica para adquirir nuevos juguetes sexuales, y mi esposa seguía accediendo encantada a todas las perversas peticiones que le ofrecía cumplir. Conocía el placer que iba a recibir estando al cobijo de mis endiabladas manos, otorgándome el dominio de todo su cuerpo y mente, sometiéndose a todas mis perversiones más bizarras. Nos sentiamos poderosos e indestructibles bajo el efecto venenoso de la lascivia. Sentiamos el poder circular por nuestras venas: un potente afrodisíaco. Y el poder, tanto para quién lo ejerce como para quién lo recibe, una vez asumes el rol, dejarse llevar y ser sometida, produce tan intenso placer que no puedes, ni quieres, negarte.

Pasaron las noches. Los días. Me había emborrachado de poder. Inés, por el contrario, estaba sobria de realidad. Sus noches pasaron de ser especiales a vulgares. No se sentía valorada ni amada, tan solo un títere al servicio de mi perversión. Un sábado, después de cenar, se armó de valor y me confesó como le hacía sentir cada vez que la utilizaba de esa manera sin recibir ni una pizca de amor. Quería sentirse amada para poder entregarse a mí, en cuerpo y alma. Deseaba no ser solo un capricho sexual y quiso parar con esa demencia que la anulaba como mujer. Sin embargo, yo estaba totalmente ciego por ese poder afrodisíaco, y no quise entender ni aceptar lo que la madre de mi hijo me intentaba hacer comprender. Furioso di el tema por zanjado, respetando su decisión, pero no así sus sentimientos. Yo me quedé en el sofá. Sentía una rabia caprichosa, la misma que un niño consentido al que le niegan cualquier deseo. Ella, con lágrimas en los ojos y el alma destrozada se fue a la cama. No podía creer que su marido se hubiese convertido en un ser tan insensible, tan despreciable y narcisista. Un déspota cabrón ansío de poder y desarraigado de sentimientos, que decidió pasar la noche en el sofá como un miserable. Cogí mi móvil. Entré en Play store y me descargué una aplicación de contactos a través de un chat.

Seguían pasando las semanas. La rutina diaria continuaba. Las obligaciones también. Seguiamos aprendiendo a sobrevivir en este mundo de mierda en que la clase política lo ha convertido. Inés, siendo la esposa imperfecta de día y un perfecto espectro de noche, hacía lo posible para hacerme entrar en razón. Yo, que por el día era de lo más sensato, por la noche me dejaba llevar por todas mis fantasías y la necesidad de tener a quién poder someter, haciendo caso omiso a las palabras razonables de mi pareja. Me había convertido en un yonqui de la preponderancia. En mi interior se libraban las más sangrientas batallas morales. No podía controlar el demonio que yo mismo había engendrado en mis entrañas y, me preguntaba, sin obtener respuesta alguna, qué línea es la que separa lo que está bien de lo que está mal. Lo único que calmaba a ese demonio sediento de placer, era poder controlar a una mujer para mis fines sexuales sin tener en cuenta sus sentimientos. Acabé entrando cada noche a ese chat, con el único argumento de experimentar. Mi nick era Fisting. Con ese nick, pensé, que solo se me acercarían las personas que conocieran su significado y tendrían algo en común para conmigo: prácticas sexuales poco comunes. Y así fue. Me abrían privados tanto chicas como chicos. Los seleccionaba. A los chicos directamente los bloqueaba, a las chicas les hacía despertar su lado más sexual. Y las indecisas o curiosas las ignoraba. Era directo, autoritario, transmitía seguridad y sabía jugar mezquinamente con los sentimientos de esas chicas. Les hacía creer que eran únicas, y que habían despertado en mí la necesidad de amarlas y cuidarlas. Me introducía en sus mentes. Les decía lo que querían oír. Y tras dos noches seguidas (o tres) chateando con ellas, ya las tenía atrapadas en mi red de perversión. Las sometía virtualmente, comprobándolo mediante imágenes y videos que les ordenaba enviarme. Ellas no podían, ni querían, negarse a mis caprichos. De alguna manera era todo consensuado. Eran poco más que simples trofeos para mí, enardeciendo mi ego.

La madre de mi hijo no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido le estaba siendo infiel, en su hogar y, aunque no lo era físicamente, sí lo estaba siendo mentalmente. Cualquier mujer hubiera decido acabar con esa tóxica relación y hubiese echado a la calle, como quien desecha la basura, a cualquier hombre tan despreciable como en el que se estaba convirtiendo el padre de su hijo. Sentía desazón, odio y asco hacia mí. Pero, aún así, recordaba perfectamente al hombre de quién se enamoró. Su filantropia no le dejaba sentir de otra manera distinta. Llevabamos diez años saliendo y cinco conviviendo, a diario, en el hogar que habiamos construido juntos. Sabía, a ciencia cierta, que yo no era así. O eso quería creer. Habia pasado más de media vida dichosa a mi lado, y era cierto. Nos conocimos de muy jóvenes en el instituto, y desde entonces, toda la madurez alcanzada para sobrevivir y experiencia sexual que tenía, la había adquirido estando junto a mí. Uno al lado del otro. Ella sentía que todo era culpa suya, por no saber satisfacer a su marido en la cama, pero, es que yo, tampoco sabía satisfacerla emocionalmente después de haber probado el veneno del poder. Muchos hombres piensan que por traer un sueldo a casa y hacerles cuatro carantoñas a sus esposas, ya se van a someter a todos los caprichos sexuales de su marido. Y no, no es por falta de ganas que una mujer no accede a ser la diosa más puta de un hombre, sino por falta de motivación emocional. La mujer es un alma poco predecible y es imposible lograr entenderla del todo, pero el secreto no está en el raciocinio de intentarlo, sino, en algo más profundo: saber cuidar y respetar su libertad. Dales cariño, pasión y lealtad, y ellas te regalarán un hogar de dónde nunca más querrás salir: su alma. Así de sencillo. Y así de complicado.

Una noche, mientras estaba de cacería, se me acercó una chica. Llevaba como nick Nastenka. Al principio no le presté ni la más mínima atención. Me pareció, por su manera de escribir, (sus puntos suspensivos... y su humor tan irónico) una auténtica estúpida engreída. Ella siguió insistiendo en acercárseme, quizás por descubrir el significado de mi nick que desconocia o, quizás, por su orgullo femenino al sentirse rechazada por un hombre (o ambas cosas). La cuestión es que logró llamar mi atención. Ella me abrió un privado para entablar una conversación más íntima; yo solo deseaba atrapar un nuevo trofeo. Empezamos con conversaciónes banales, abriéndonos poco a poco más el uno al otro noche tras noche. No me lo podía creer, aquella chica me estaba dando la sazón emocional que había anulado el poder lascivo. Lo que más me atrajo de ella, haciendo despertar un interés desinteresado, fue Robe Iniesta, los mismos gustos por las buenas lecturas, no siendo las más alegres las mejores, y el alma de sumisa que tenía por vocación. Era lo que buscaba. Era la clase de mujer que necesitaba, o eso creia, para dar rienda suelta a mis perversiones más bizarras, y así, saciar mis más perversos demonios interiores. Nos pasamos nuestros números de teléfono. Ya no necesitaba entrar a esa aplicación para seguir en contacto con ella.

Nastenka. Valenciana de raíces arraigadas. De la izquierda más izquierda. Con su coleta y flequillo abertzale. Gran lectora y mejor narradora. Escéptica por fuera y apasionada por dentro. Con la capacidad de pensar por sí misma: dudaba, y duda, de cualquier verdad impuesta. Porqué... ¿Qué mejor educación se le puede dar a nuestros hijos que saber pensar por sí mismos? Pues así es ella. Así de sencilla y presuntuosa. Había descubierto, no solo una auténtica alma sumisa capaz de satisfacerme sexualmente, sino, también, emocionalmente. Ella daba luz a todos mis sueños. Sin tocarnos. Sin mirarnos a los ojos. Y sucedió lo que jamás debió de haber sucedido: me enamoré de una manera enfermiza, así lo pensaba. Era una atracción mental, de las más difíciles de controlar. Por el día, no es que me masturbara pensando en ella, sino que la pensaba y tenía que masturbarme, deseando que llegara la noche para poder desatar toda la perversión que me asfixiaba por dentro, y que tanto anhelaba ella recibir. Nos habíamos convertido en perfectos amantes virtuales. Nuestras almas habían conectado.

Con Nastenka descubrí un nuevo mundo desconocido para mi hasta entonces: el mundo swinger. Una noche, de tantas que pasamos juntos, me hizo una pregunta: "¿Harías un trio con tu mujer?"
Me quedé en blanco. No sabía qué contestar. Mi egoísmo, o quizás el miedo a lo nuevo, no permitía imaginarme estar compartiendo a lo que consideraba de mi propiedad. Aunque, he de reconocer, que sentí como el morbo atravesava todo mi ser en forma de rayo. Era un mezcla de sentimientos contradictorios que miscelaba mi cerebro y corazón. Algo que rompía las reglas. Pero, ¿es sólo cuando estás realmente enamorado de alguien, donde el egoísmo y los celos, nacen con mayor fervor al sentir que la vas a perder? La cuestión es que no supe ver el transfondo de la pregunta, tampoco sabía lo que sé ahora. Contesté convencido: "¡No, nunca!" Fue una respuesta nefasta. Nastenka concluyó que al no querer compartir a mi pareja con un tercero, era porque realmente estaba enamorado de Inés y, todo ser necesita sentirse único. La vanidad es un sentimiento muy arraigado en nosotros. A ella sí que le encantaban, y le encantan, los tríos, y mi manera de amar no era la correcta para con ella. En las relaciones con otras personas, no cabe la privación de libertad. El amor y la entrega se da sin imposiciones, respetando cualquier deseo que pueda tener la otra persona y, si aún así, los hacéis vuestros esos deseos, ese es el verdadero amor. Así lo sentía ella; así lo entendí. Pero, yo estaba casado y no supe compartir a la madre de mi hijo, y empezó a poner tierra de por medio. Las noches no volvieron a ser lo que habían sido en un principio, esa conexión que tenían nuestras almas empezó a diluirse. Caiamos atraidos por distintas gravedades. Y, aunque seguimos dando rienda suelta a todas nuestras perversiones en forma de juego, dejar de sentir la conexión de su alma, me provocó desazón. En el ámbito sexual nos entendiamos a la perfección y era lo que necesitaba, en parte, para sentir paz y sosiego.

Sentir ese frío equidistante para conmigo, me producía, y me produce, un vacío interior en forma de ansias que anuda mis tripas y miscela mi alma. De no querer involucrarme emocionalmente, pasé a necesitar esa conexión para sentir y, darle sentido, a mis perversiones. No sé amar de otra manera: con ansia, irracional y mal. Comencé por hacerle saber lo que había hecho aflorar dentro de mi ser, con la esperanza de recuperar la conexión de nuestras almas. Le decía que era la única mujer a la que deseaba y, en parte era verdad, pero lo único que conseguía era alejarla más. El amor no se prédica; se hace sentir. Y, escéptica e inteligente como es, decidió comprobar por ella misma cuánto tenían de cierto mis palabras. Una noche, mientras estabamos hablabando a través de ese chat, cogió otro móvil. Entro a ese chat y se hizo pasar por otra chica. Alma era su nick. Me abrió un privado, y caí de cuatro patas en su trampa: mis ansias de nuevos trofeos acabó por alejarla del todo. No podía soportar que la hiciese pasar por estúpida. Y se hizo el silencio. Entró en un mutismo sepulcral cada vez que intentaba reconciliarme con ella, generándole aftas en la lengua y, su mutismo, úlceras en todo mi ser. Era su manera de escudarse. Y, habría funcionado, de no ser por mi demencia necesidad por recuperarla. Lo reconozco, la había idializado, eso no era amor. Y qué... ¿cómo saber si alguien está realmente interesado en ti? Tú dale aspavientos, y si continúa detrás de ti, como un perro fiel, no lo dudes: eres de su necesidad. A esa misma conclusión debió de llegar ella, porque acabó cediendo a mis encantos sexuales para con ella.

Los encuentros virtuales se volvieron a repetir. Seguimos con las fotos y vídeos diurnos (no cabe detallar el video que me envió masturbándose con un cubito de hielo) para dar paso a las fantasías nocturnas, masturbándonos hasta caer rendidos. En esos juegos comenzamos a incluir a terceras personas, ya que, en ese tiempo de mutismo había conocido a su "casualidad de verano". Vivía con ella. Esa nueva situación despertó en nosotros un morbo añadido hasta entonces desconocido para mí. Estábamos jugando en la misma liga, los dos teníamos, y tenemos, nuestras respectivas parejas. La cuestión es que de nuevo afloró ese apego irracional en mí, haciendo que ella se volviera a alejar, para volvernos a reencontrar de nuevo. Y así, todo el roto. Entramos en un bucle de idas y venidas, provocando, en ambos, altibajos emocionales: euforia en las venidas y decadencia en las idas, e viceversa. Vivir así no podía ser sano. Decidimos dejar esa demencia que había durado más de tres años.

Mi estado emocional era una auténtica montaña rusa. No encontraba mi sitio. Y es en esos estados, cuando nuestro instinto es el único que sabe redirigir nuestras vidas. Entré en una página de servicios sexuales y, después de leer cada anuncio a conciencia, hubo uno que llamó mi atención. Era sencillo y sin pretensiones; como la voz que me contestó. Era dulce y tímida; no pude negarme a descubrir qué era lo que tanto me atraía. Concerté una cita con ella. Y, a la hora acordada, me abrió la puerta un ángel; eso era, y es, para mi. Nuestras miradas se fundieron; como nuestras ansias por sentirnos. No nos dijimos ni una sola palabra. Hablaban nuestras almas. Mi cerebro ya no pensaba. Era tansolo un aire fluyendo, y ella, una pluma a mi antojo. Fue un acto real, sin pretensiones, único. Sentía sus ganas de entrega; como ella las mías de poseerla. Nos fundimos en orgasmos y sudor. Realmente fue algo mágico, de otro mundo, como si el destino hubiera querido juntar lo que en antaño no llegó a culminarse. Fue como algo pendiente de otra vida. Antes de despedirme le dije mi nombre; ella me respondió: Sonia. Quise volver a sentirla de nuevo, pero ella no volvió a descolgar el teléfono a pesar de mi insistencia. Hay cosas que suceden en lugares inapropiados, y comencé por dedicarle más tiempo a la madre de mi hijo, mi esposa.

Dejé de entrar a ese chat y no volví a ponerme en contacto con Nastenka, aunque no borré su número telefónico. Hay cosas que no se pueden olvidar, aprendes a vivir con ellas. Inés y yo teniamos una conversación pendiente. Bueno, varías. Empezó con una simple pregunta: "¿Qué te está pasando, cariño?" Estaba desbordado de sentimientos contradictorios, y empecé a emanar como una fuente. Le conté cómo mis ansias de poder me habían anulado los sentimientos y me habían alejado de ella. Le conté que lo único que satisfacía al demonio que albergaba en mi interior era conseguir trofeos sexuales en forma de alma. Le confesé, con pelos y señales, lo que había sucedido con Nastenka: me había quemado, y bien quemado. Inés, desquiciada al escuchar toda mi confesión, me soltó una bofetada que me partió el labio y, el alma. El odio y la rabia con que me abofeteó, desprendía la mejor medicina para estos casos. Me acabó por vacunar del todo, y comprendí que: en una relación el amor y las perversiones pueden ir de la mano, siempre y cuando la tengas a tu lado, y es solo en esas circunstancias cuando más se goza y disfruta, creando una nueva realidad. Sin embargo, en una relación a distancia cabe de todo menos el amor. Es imposible. Porque tarde o temprano, los demás sentidos acabarán por rebelarse a tu mente, la querrás tocar, olfatear, degustar y no la tendrás a tu lado, creando una desolación y un vacío en tu alma, que hará alejarte de la realidad. No puede ser de otra manera. Empecé por pedirle perdón a la madre de mi hijo, pero no un perdón con sabor etéreo, sino carnal. Tenía el sabor del arrepentimiento más sincero, y es con esa actitud cuando se logra traspasar la más dura coraza emocional. Inés me amaba. Nunca había dejado de hacerlo. Era su compañero, su perversion y el padre de su hijo. Acabó por perdonarme. Y perdonar no es olvidar.

Llevabamos unos meses que sólo haciamos el amor. Me sentía, de nuevo, cercano y enamorado de ella y, lo que le conté acerca de incorporar a terceras personas en una misma cama, hizo despertar una nueva fantasía dentro de su alma que no se atrevía a confesar. Le estaba calcinando las entrañas. Era sábado, lo recuerdo perfectamente. La semana había sido larga y agotadora. Inés ya conocía, en sus propias carnes, lo que era estar en mis manos mientras le daba de beber a toda mi lascivia sexual, y quiso complacerse(me). Deseaba sentirse sometida. Necesitaba sentir de nuevo en cada orificio de su existencia mi dominación, y entró en la habitación decidida. Su cuerpo era un volcán y, cada poro de su piel, un cráter escupiendo lava. Yo estaba estirado en la cama completamente desnudo, tenía y, tengo, esa buena costumbre. Estaba leyendo a Céline: Viaje al fin de la noche. Apartó la sábana que cubría mi desnudo cuerpo y, al notar el calor que desprendía, se me cayó el libro de entre las manos. Quemaba. Se arrodilló sin dejar de mirarme fijamente a los ojos entre mis piernas. Apoyó una mano a cada lado de mis caderas y, sin mediar palabra, se fue introduciendo, despacito y sin prisas, todo mi falo en la humedad de su boca, hasta topar su mentón con mis huevos. Qué maravilla...

Ver esa imagen me hizo sentir un escalofrío que me erizó los pelos, y la polla con ellos, provocando una lagrimita y una arcada en Inés. No podía creer lo que veía, era un sueño, estaba en una nube. Y, con la misma parsimonia que se había introducido mi falo en su boca, lo fue sacando sin dejar de observar la cara de placer que había dibujado en mí, dejando un rastro de saliva por todo lo largo y, ancho, de mi polla. El hilo de saliva seguía conectándonos. Atónito, sin apartar la vista de ella y del hilo de saliva que seguía colgando de entre la comisura de sus labios, noté como en mi interior todos los demonios sexuales se liberaban de nuevo de sus cadenas. Mi esposa era lo que pretendía desde un principio, y lo estaba consiguiendo. La agarré de la cara. Con ansia. La acerqué a mi boca para fundir nuestras lenguas en una sola. Enrollé mi mano a su coleta en un nudo para sujetarla mejor y hacerle sentir a quién pertenece. La acerqué de nuevo a mis huevos y le obligué a lamer. Sentir esa fuerza y brusquedad con que la estaba tratando, no pudo evitar que se le mojara el coño, y tener que frotar su clitoris por toda mi pierna mientras la obligaba a lamer cada rincón de mi sexo. Había conseguido lo que deseaba y le estaba quemando por dentro: tenerme desbocado y, conmigo, ella, mi diosa.

Inés deslizó su mano hacía la mesita de noche. Abrió el segundo cajón dónde guardaba todo el material que había ido adquiriendo en la tienda erótica, y se hizo con un pene de látex. Lo colocó junto a mi falo erecto, observando que tenían un tamaño similar y, sin poder dejar de restregarse el clítoris en la ya empapada pierna, dejó de lamer. Volvió a conectar visualmente conmigo. Y, con carita de buena sumisa, me soltó: "cariño...¿Deseas ver cómo le como la polla a este tío?" No se podía creer lo que había salido de su boca, pero deseaba complacerse(me) y, al escuchar esa hermosa melodía brotar de su alma, sin pestañear, solo pude contestar una cosa: "lo deseo, mi puta...¡Hazlo!" Esa seguridad y autoridad con la que le animé a hacerlo, le produjo una humedad más severa en el coño y la boca. Se introdujo con ansia la polla de ese tío en su boca, alternándola con la mia. No deseaba, ni podía, dejar de mamarlas. En nuestras mentes, ese pene de látex era realmente el de otro tío. Deshice el nudo que sujetaba la coleta de mi puta a mis demonios. La cogí de la cintura e hice que se sentara encima de mi hinchado y palpitante falo, sin dejar de mirar cómo devoraba a su nuevo amigo de látex. Verla con esas ganas de comerse otra polla distinta a la mia, me ponía hecho un semental. Ya no sentía egoísmo. Ya no me quemaba el alma compartir a la razón de mis fantasías. Ella ya no se estaba frotando el coño con mi pierna, ahora le tocaba el turno a todo mi sexo recibir esa abundante lava vaginal que emanaba de su coño. Nuestros sexos resbalaban. Sus caderas eran un perfecto carrusel. Ella no quitaba boca de su nuevo amigo. Yo, cada vez más poseído, no quitaba ojo a las ganas con que lo hacía, enardizando mi alma. Hasta que sin necesidad de poder evitarlo, mi polla se introdujo por inercia dentro de su rezumante coño. Gemía. Gozabamos. La lujuria estaba haciendo su función. Se sentía realizada y segura en mis manos. Yo no deseaba dejar de verla gozar así: en cuerpo y alma.

La cogí de la cadera con una mano ayudando a sus movimientos pélvicos a ser más salvajes y constantes, mientras que con la otra mano le estrujaba las tetas y los pezones. Los lamía y besaba desesperado. Inés cerró los ojos en un orgasmo. La atrajé hacía mi ancho y fornido pecho. Le mordía las tetas, el cuello y la boca sin poder dejar de penetrarla. Estabamos idos de placer y codiciosos por satisfacernos. Volvió acercarse a mi oído y, en otro susurro me soltó: "éste cabrón dice que quiere compartir la cavidad de mi coño contigo... ¿Qué le digo, amor?" Esas palabras me atravesaron desde el tímpano hasta el dedo gordo del pie, como una catana incendiando mi alma. No pude articular palabra alguna, y sin dejar de partirle la boca a besos, deslicé mis manos a sus suaves glúteos. Los separé. Pasé la mano desde la raíz de mi falo hasta el ano de Inés. Estaba chorreando. Chorreando como aquella vez en que le introduje mi mano entera dentro de su coño. Volví a sujetarme a sus suaves y tiernos glúteos, separándolos, y dejando los dos orificios ya bien lubricados a su voluntad. La tenía sometida en cuerpo y alma, con la vista pérdida de placer. Se hizo de nuevo con su nuevo amigo de látex, y lo deslizó hacia el interior de su rezumante y dilatado coño. Era lo que deseaba. Esta era su fantasía, el demonio que le llevaba abrasando por dentro desde hacía ya semanas, y el padre de su hijo se lo estaba sirviendo en bandeja de plata: una doble penetración vaginal. Las dos pollas estabamos follándole acompasadamente el coño, provocándole un intenso placer en cada puta célula de su cuerpo. Al sentir esa dilatación y notar palpitar a sus dos machos dentro de ella, no tardó en encadenar una serie de constantes y febriles orgasmos. Uno tras de otro. Como las pollas de sus amantes. Su respiración era acelerada. Temblaba, jadeaba, y yo con ella. Nos quedamos extasiados. Y, tras unos segundos deleitándonos, me recuperé lo justo para, suavemente, tumbarla en la cama. Me coloqué detrás de ella. Aparté el pelo que cubría su sudorosa cara, y ambos, antes de quedarnos dormidos, nos fundimos en un "te amo, cariño..." susurro.

A la mañana siguiente, esta vez sí, nos buscábamos la mirada. Los ojos de Inés tenían un brillo especial. Eran dos luceros de agradecimiento, por haberle regalado la posibilidad de dejar salir a sus demonios más perversos en forma de fantasía, sin miedo a ser juzgada de inmoral. Me besó sin decir una palabra. Se enfundó su batín satinado y se dirigió a darse una ducha. Fui detrás de ella. Me quedé en el quicio de la puerta entreabierta del baño, observándola como enjabonaba su firme y delicado cuerpo ajena a mi mirada absorta y, al verla tan despreocupada y dichosa después de tanto tiempo, frotando su cuerpo, me invadió un gran sentimiento de satisfacción. Mis perversiones tenían vía libre. Ya no las tenía que ocultar y eran compatibles con las de la madre de mi hijo y, no hay mejor sensación en el mundo, que sentirse realizado junto a la persona a quién realmente amas, entre la culpabilidad de lo prohibido y el placer de lo soñado. Te hace sentir vivo. Y vivo, deseaba morir. Así lo sentía. Seguimos materializando nuestras fantasías. Unas veces a solas, otras con terceros. Todo mentalmente. Inés lo había aceptado. Cuando saliamos a algún sitio, ya fuera a tomar algo, ya fuere a dar un simple paseo, le decía que atuendos debía de ponerse. Unas veces vestidos ceñidos dejando entrever su esbelta figura, otras, esos tejanos que tenía guardados en el fondo del armario porque le eran una talla pequeña y le marcaban, a la perfección, la raja del coño que guardaba entre las piernas. Jugabamos. Nos deseábamos. Buscabamos el límite que no encontrabamos. Y tras llegar a casa, nos deshaciamos en orgasmos recordando la cantidad de cuellos masculinos, y femeninos, que había llegado a partir. Se sentía deseada. Le encantaba gustar, como a todo ser, pero, lo que más le humedecía la entrepierna y el alma, era saber que a su marido también le encantaba ese juego.

Una mañana decidimos salir a hacer un poco de deporte. Nos enfundamos en nuestras mallas y zapatillas deportivas. Nos dirijimos al camino de ronda de nuestro costero pueblo, entre los pinos y los acantilados que nos regalaba, y regala, la orografía de la costa brava. A un lado teniamos el verde de Mayo, al otro, el azul oscuro del Mediterráneo. El Sol era agradable, y apetecía dejarlo acariciar nuestras carnes. El camino era escarpado, e Inés, tropezó con una piedra y se torció su tobillo izquierdo. Se apoyó en un árbol con gesto de dolor. Enseguida la hice sentar en una roca. "¿Estás bien cariño?" Pregunté preocupado. "Sí, no es nada, tranquilo... Es sólo el tobillo" respondió algo abatida. Me arrodillé delante de ella para liberar el pié de la zapatilla que oprimía el hinchado tobillo. ”Necesitas aplicarte hielo, mira como se ha inflamado" le dije convencido. Saqué de mi bolsillo el botellín de agua fresquita que llevaba, y se lo coloqué en el tobillo. Ella observaba cómo con tanto esmero y preocupación intentaba sanarla. Esa imagen le provocó un sentimiento de ternura, casi de nostalgia, haciéndole recordar nuestras épocas de instituto, cuando la seducción le encadenaba el estómago y el deseo era la llave que lo liberaba. Me besó detrás de las orejas con una caricia. Levanté la mirada y vi una bellísima imagen: a mi diosa con un mechón acariciándole el rostro, una sonrisa blanca marfil dibujada en su boca y un rojo semáforo que iluminaba sus mejillas. Sentí, como en mi interior, Pan empezaba a encabritarse. Sentir la conexion en forma de cariño de una mujer a la cuál me atrae, es lo que me provoca. No puedo evitarlo. Y es lo que tanto daño me hace.

Me llevé el desnudo pié a la boca y no pude más que besarlo y lamerlo lascivamente. Inés, ver y sentirme encabritado en forma de besos, notó una electricidad que recorrió cada rincón de su cuerpo, haciéndole despertar a su perversa ninfa. Separó sus piernas lentamente para deleitarme con su húmeda y golosa raja atrapada en la deportiva malla. "Ven, acércate anda..." me dijo con un guiño. Me levanté, quedando mi falo a la altura de su boca y, en un hábil y suave mordisco, liberó a su ansiada polla de su prisión. No tardó ni un segundo en metérsela entera hasta la profundidad de su garganta. En pleno día. En mitad de un camino, aunque poco transitado, cabía la posibilidad de vernos sorprendidos. La incertidumbre era un morbo añadido. Nuestro cerebro nos ha acostumbrado a vivir en un orden constante, pero cuando te dejas llevar por la entropía, anulando por completo la razón, es en esos instantes cuando eres realmente tú mismo. Y, el amor y la locura, siempre han ido de la mano.

Inés me estaba haciendo una mamada brutal cuando escuchamos el crujir de una rama. Nos daba igual; íbamos de la mano, y sentiamos la entropía locos de amor. Alcé la vista y vi a un tipo masturbándose observando la escena que le estábamos regalando. Casualidades de la vida. Era joven y atractivo. No pude evitar hacerle una señal con la cabeza para que se acercara a nosotros, mientras le tapaba los ojos a mi esposa con una mano. "Pero... ¿Qué haces, amor?" preguntó algo sorprendida. "Schhhh... sigue chupando, mi puta" le contesté en un susurro. El tipo no dudó en colocarse a mi lado sigilosamente y desenfundar un vigoroso miembro. Retiré mi polla de su boca a la vez que la mano que cubría su visión, y se topó con un enorme vigoroso miembro ajeno delante de su cara. Me miró sorprendida sin saber qué hacer ni decir. En mis ojos sólo veía deseo y perversión, provocándole una palpitación en el coño que tuvo que colocar su mano en él y acariciarselo. Con la otra mano, sin pensárselo dos veces, cogió aquel enorme miembro y se lo metió enterito en la boca sin dejar de mirarme. Deseaba ver mis gestos faciales al verla con la boca llena de otro hombre. Verme descompuesto de placer la excitaba más. Dejó de acariciar su ya empapado coño y cogió también mi excitado falo, para mamárnosla al unísono tiempo. Mi diosa estaba comiéndose dos pollas de nuevo, pero esta vez, las dos eran de vigoroso músculo.

Aunque estabamos apartados del camino principal, cabía la posibilidad de ser vistos por alguien más y, aunque antes de pervertidos somos padres de familia, tenemos un trabajo y una vida normal, no era plan que nos sorprendiera algún conocido. La discreción y el respeto es primordial en estas aventuras. Así que le ayudamos a levantarse. La cogimos en brazos, uno por cada lado, y por la vereda que conduce a una cala contigua de dónde nos encontrabamos, descendimos sin dejar de meterle mano mientras la íbamos desnudando. Estábamos experinentando, una vez más, las ansias de la lascivia en nuestras almas. El Sol entraba en forma de lanzas a través de la espesa vegetación. El agua era cristalina dejando ver un fondo repleto de peces, conchas, algún erizo y unas algas bailando suave y parsimoniosamente al compás que marcaba la corriente marina. Cogí a horcajadas a mi diosa. Me adentré en el agua sin dejar de comerle la cara a besos y clavándole mis ansias en mitad del coño. Nos estabamos diluyendo en esas aguas follándonos las ganas. El tipo se acercó por detrás de Inés. Le acarició la espalda en un beso con sabor a sal. Me ayudó a sujetarla separándole los glúteos. Acercó su boca al oído de mi puta y, dejó escapar, con voz ronca y jadeante, un suspiro que produjo un intenso orgasmo en Inés mientas yo la estaba penetrando. Éste apoyó su enorme polla en el esfínter de mi esposa, sintiendo como poco a poco era engullida. Ella sentía mi lengua en su garganta, y el aliento del joven amante en su nuca. Igual que nuestras pollas haciéndole una doble penetración en pleno día, dentro del agua y con una polla que, esta vez, no era de látex. Acabemos eyaculando dentro de las entrañas de mi diosa y, una vez recuperado el aliento, mi esposa pudo fijarse en el tipo que le había follado el culo. No podía creérselo: su joven y vigoroso amante era el vecino con que tantas veces había fantaseado follarse. Otra casualidad más. Nos vestimos. Y sin despedirnos de nuestro vecino, nos fuimos a casa. El tobillo izquierdo de mi diosa ya no sentía ni una pizca de dolor. El pudor había hecho de fisioterapeuta.

Inés era mi tentación. La que hacia despertar todas mis perversiones. Ella, reincidente en cuerpo y alma, caía una y otra vez en el pecado, deseando detener el tiempo mientras se recreaba jugando con todos mis demonios sexuales. Quién busca placer en lo mundano; nunca encontrará un alma que sepa derretir todas sus voluntades. Desde aquella tarde nada volvió a ser lo mismo. Éramos un matrimonio en busca de placer libre y mutuo. Si ella no gozaba yo tampoco lo hacía. Se volvieron a repetir los encuentros con nuestro joven y atractivo vecino. Comenzamos a visitar locales de intercambio, no siendo estos de mi agrado. Los sitios con mucha gente desconocida me agobian. Prefería organizar, en la discreción de un hotel, los encuentros con otras parejas o singles. Nos provocabamos a través del WhatsApp con mensajes, audios y algunas fotos subidas de tono. Habíamos encontrado la mejor manera de vivir nuestra sexualidad. Pero mi necia esencia seguía por las nubes; seguía sin encontrar su sitio. Necesitaba el silencio y el mar para ahogar mis lágrimas e intentar comprenderme, y que mejor manera que ir a pasear por la playa a solas. Y fue así como me volví a encontrar con Sonia. El destino nos había juntado de nuevo. Fue un suspiro, tansolo nos saludamos con gran nerviosismo. Sin sabernos que decir; pero sí lo que sentiamos.

"¿Preparo algo especial, cariño?" Me contestó con la humedad acariciándole cada pliegue de su sensible sexo y decidida a acompañarme.
"Solo coge las ganas, amor..." Contesté.
Nos subimos en el coche y, tras cuatro horas de viaje, llegamos a Valencia. Inés se veía ya en un intercambio de parejas entre Nastenka, su casualidad de verano y nosotros. Pero, no era esa mi intención, aunque me moría de ganas. Le ordené que se vendara los ojos con mi corbata, aumentando su incertidumbre y la humedad que retenía desde hacía ya cuatro horas. Me dirigí a una tienda de tatuajes. La hice entrar. La tatuadora nos estaba esperando. Mi esposa sintió un perfume femenino acercársele. Vi como sus mejillas se volvían a iluminar de un rojo semáforo. Su respiración era agitada y entrecortada. Llevaba su pelo recogido y un vestido de vuelo a medio muslo, con unos tacones de vértigo. La chica la hizo sentar en un taburete sin juntar las rodillas. Yo observaba la escena con gran satisfacción. La chica le desabrochó el zapato. Hizo que la madre de mi hijo colocara su desnudo tobillo encima de un alzador y, en cuestión de un suspiro, saliamos de la tienda camino de vuelta a casa, luciendo, Inés, una hermosa dama de picas dibujado en su tobillo izquierdo, y un corazón mojado en sus braguitas por el intenso orgasmo que acababa de  experimentar. El mejor órgano sexual es nuestra mente y, nuestras emociones, su mejor aliada, aunque a veces nos juegue malas pasadas...

A medianos de marzo del 2020, una grave crisis sanitaria azotó a todo el planeta, teniéndose que confinar toda la población en sus casas por más de 40 días. Todo contacto físico con terceras personas quedó reducido a cero para poder controlar la propagación de la covid-19. Se extendió rápido y perniciosa, llevándose por delante a demasiados de nuestros mayores. La gente, desde sus casas, tenían que ir sobreviviendo sea como fuere. Para que os hagáis una idea: hasta las prostitutas, no todas, se vieron obligadas a ofrecer sexteo a sus clientes. Las redes sociales echaban humo. Era la única manera de mantener el contacto entre familiares, amigos y clientes. El papel higiénico y el alimento (por ese orden) estaba garantizado. Sin embargo, las mascarillas y material sanitario escaseaba y, el que había, multiplicaba su valor. La oferta y la demanda le llaman algunos. La gente ya podía estar tranquila encerradas en la prisión de sus casas, y dedicarse hacer pasteles, ver sandeces en las televisiones privadas financiadas con dinero público, mientras los pequeños autónomos, sin recibir ayuda alguna y con nuestros negocios obligatoriamente cerrados, seguíamos pagando nuestros tributos de "buenos patriotas". ¿Qué probabilidad había de que coincidieran en el tiempo la peor pandemia y el presidente más inútil del siglo? No lo sé, pero eso debía de tener más decimales que Pi.

En ese tiempo de cuarentena, sin tener nada más que hacer que estar conmigo mismo, a pesar de creer que mis demonios sexuales ya tenian dueña, no lo sentía así, creándome un vacío interior que necesitaba llenar. Empecé de nuevo con mis estúpidas preguntas existenciales. No me sentía, ni me siento, realizado del todo, y empecé de nuevo a escribir para intentar comprenderme, es la manera que tengo de darle luz a toda la mierda que me oprime por dentro. Me faltaba algo; un trozo de mí, a pesar de tener a mi diosa, a mi hijo y una vida que me sonríe a veces. Si es que, nos esculpimos a fuego y hielo. Las tibiezas, tansolo nos mantienen en un orden moralmente impuesto. Como cualquier etiqueta. Sentía, y siento, que mi vida es un sin sentido: tansolo encuentro en los sueños y los orgasmos la verdadera esencia de mi ser, buscándolos con el corazón siempre hacia adelante. Pasó el tiempo de cuarentena. Llegaron de nuevo los encuentros presenciales, el verano, las vacaciones y el mundo empezó a girar. Tener mi rutina, mis preocupaciones y mis obligaciones, hacía, y hace, que mis dudas dejen de atormentar tanto a mi alma. Mi mayor enemigo siempre he sido yo mismo por querer empujar la puerta de la felicidad y, la felicidad es una puerta que se abre hacia adentro: hay que retirarse un poco para poder abrirla.

Sorprendentemente, las casualidades de la vida, son las que me hacen sentir vivo y desear vivir. Son nuevos retos inesperados, escarbando en mi verdadera esencia dando luz a quién soy en forma de respuesta. Y así fue cómo, tres días después de mi cumpleaños (qué tendrá febrero...), recibí una llamada perdida en mi WhatsApp de un número que no tenía agendado. "¿Todo bien?" Contesté.  "Sí,  perdón, me equivoqué" respondió. Me fijé en su foto de perfil y vi a una mujer sosteniendo a un precioso bebé en sus brazos. Ahí se quedó el tema. Dos días más tarde recibí un SMS: "¿cómo estás, todo bien?" El corazón me dio un vuelco, mi cerebro no daba crédito de a quién pertenecía ese número. Contesté de inmediato. Intercambiamos dos frases y le propuse continuar por WhatsApp. "¿Deseas azotarme?" Era con el mensaje que me daba su número particular para que lo agendara. Era el mismo numero de la mujer que estaba sosteniendo a ese precioso bebé. Era Sonia, mi ángel. A la que le gusta ir descalza. Adora los cristales de colores. Es incapaz de vivir sin el mar. El olor de la lluvia antes de caer cree que habría que embotellarlo y, los colores de después, inmortalizarlos. Se rie con la risa de un niño. En su casa, coche y oficina siempre encuentras regalos del mar. Ha sido fotógrafa. No podría vivir sin arte en cualquiera de sus acepciones. Independentista por sentimiento y revolucionaria por vocación. Está convencida de que cualquier ansia de libertad merece defensa. A veces siente su alma vieja, centenaria, dolorida... A veces es una niña de cristal. Llora con películas tristes. Es empática e hipersensible. Su mente es analítica pero cuida y nutre su lado animal. Le emociona un Adagio de Albinoni y se vuelve loca con Janice Joplin. Habla sola. No cree en Dios. Tomar el Sol le pone muy caliente. Los masajes la ponen nerviosa o cachonda, no tiene término medio. Le fascinan los gatos y ama cualquier animal. Las cucarachas la paralizan. Sumisa sin etiquetas y en rodaje. Y le gustaba yo...

Había pasado mucho más de un año desde aquella tarde en que no supimos que decirnos pero sí lo que sentiamos, y Sonia había venido a mi encuentro. ¡Qué gran emoción sentía toda mi existencia! Comenzamos a hablar a través del WhatsApp, con la misma ilusión de un niño con zapatos nuevos, a ponernos al día, a saber nuestra rutina, vamos, a conocernos realmente. Ella seguía ejerciendo su oficio, y yo el mío. Teníamos el tiempo justo para vernos diez minutos por las tardes, ya que yo estaba, y estoy, casado y ella tenía, y tiene, sus obligaciones, pero aún así, le robabamos tiempo al tiempo. La devoraba con la mirada en esos breves e intensos diez minutos, con la boca, a caricias, a regalos. Como aquel kojak de sabor a cola que se encontró en el parabrisas de su coche, con una nota que resumía aquella preciosa canción que grabó estando con un cliente, y que aún guarda en su bolso. Ella deseaba sentirme, vivirme, aunque durase sólo un suspiro, y me regalaba lo mejor de ella: su esencia. Su entrega hacia mí la hacía poderosa. Yo le decía que iba a ser mi próxima cicatriz, y ella, me respondía que sería la más bella cicatriz. Cuanta razón teníamos, ya que un miércoles, después de llevar hablando un par de semanas, cuando empezábamos a conocernos mejor, salió corriendo. Le faltaron piernas. Me envió un mensaje diciéndo que se le había reabierto una puerta del pasado, y necesitaba pensar lo mejor para ella y su hijo. Yo le respondí que lo entendía, y que la esperaría a que desanudase esos nudos. Y sentí de nuevo el puto silencio atronador, y ella conmigo.

Teníamos un nudo en el estómago que no nos dejaba comer, un cortocircuito en el cerebro que no nos dejaba concentrarnos y una mancha de humo en nuestros pulmones que no nos dejaba respirar. Sonia por intentar olvidarse de mi; yo por la incertidumbre de no saber si iba a volver. Ella seguía ejerciendo su oficio y, en sus ratos libres, en contacto con dos dominantes y, quizás por ponerle un ruido sordo a su vida o por la prisa que tiene siempre por sentir, quedó con uno de ellos, el más sádico, para que la sometiera asfixíandola y azotándola. Yo sólo seguía escribiendo y leía novelas para intentar evadirme de la realidad en mis ratos libres. ¡Maldito necio! Aún así, sentiamos el vacío en nuestro interior, era como si hubiéramos perdido un trozo de nosotros mismos en un despiste, y no siempre se debe de volver a dónde perteneces. Sonia es libre, y yo un hombre casado y, la libertad, no puede ser coartada por nada ni nadie. Te asfixia. Aún así, decidí ponerme en contacto con ella, y ella, aún así, responder a mi mensaje después de diecisiete días de silencio y reflexión. Habíamos comprendido que lo que sentimos ese primer día en la habitación del piso de citas, merecía la pena vivirlo aunque durase un suspiro. Habíamos comprobado que la conexión necesaria para no dejar de desear vivirlo existía, aunque tuvieramos que luchar contra todo, hasta con nosotros mismos. Y volvimos a retomar, con más ganas si cabe, los fugaces encuentros. Como aquella tarde que me presenté por sorpresa en la piscina y descubrió que los ochos, no son ochos, sino infinitos. Como aquella tarde, que al bucear en mi mirada llenita de regalos, le anudé su pañuelo al cuello dejándola sin respiración y, estirándole del pelo, sintió que dejaba de existir, porque le hacía despertar un instinto que le sobrepasaba, y no entendía más que de nutrirse de mí. O, como aquella tarde que le di el mejor orgasmo que no tuvo y, tanto me seguia sintiendo, que no sabía si todavia quería no tenerlo. O, como aquella tarde que, como una niña deseando pescar patitos en la feria, me pidió que le azotase con una vara de bambú en la palma de su mano y, al sentir ese calambre que iluminó su mirada, se lanzó al vacío para besarme.

Sonia era mi locura y la razón de querer superarme. Deseaba, y deseo, follarte hasta el último aliento. Te lo aseguro, mi niña. Hacerte sentir la puta más puta de todas las féminas estando en mis manos. Sabíamos que lo teníamos todo en nuestra contra, y no hay nada más poderoso que las ganas de querer materializar los sueños. Cada quince días su hijo se iba con su padre a pasar el fin de semana, dándonos margen a pasar unas horas juntos. Quería hacerla sentir, y yo con ella. Comencé a visitar mi tienda erótica preferida. Mi primera adquisición para con ella fue un plug anal con un precioso brillante de color azul (no tenían azul oscuro). Mandé que lo envolvieran para regalo y, una tarde antes del fin de semana que se quedaba sola y podíamos quedar, se lo entregué. Le dije que no lo abriera hasta que yo se lo ordenase, despertando su curiosidad de gata, y así, sus ansias. Yo disponía de tres horas para regalarle, todo un lujo acostumbrados a esos fugaces encuentros. El día antes le dije cómo quería verla vestida y peinada para mí después de que se diera un relajante baño, antes de presentarme en su santuario: su casa. "Abre el regalo y dale su función. Salgo hacia allí..." Le avisé con un mensaje de voz. "¡Te mato! me respondió al descubrir qué contenía mi regalo. En veinticinco minutos estaba tocando su timbre, y ascendí al cielo con una botella de su vino favorito debajo del brazo. Mi ángel me estaba esperando con su pelo recogido, estrenando su vestido estampado a medio muslo, descalza y un pañuelo atado con una alondra en su muñeca izquierda. ¡Qué subidón me dio al verla así! Nos saludamos con un beso en mitad de la boca. Me invitó a sentarme en su sofá, en mi sitio, y ella a mi lado. El gato cabrón merodeaba buscando la manera para sentarse también, en la estantería.

Siempre me preguntaba que me apetecía tomar o comer antes de llegar a su santuario, dejándome clara su hospitalidad hacia mí. No creo que invite a cualquiera a ese lugar sagrado el cuál es su hogar. Eso hacía sentirme aún más especial. Si es que, en los pequeños detalles te das cuenta de las grandes personas, aunque a veces demasiado tarde. Brindemos con dos cervezas mientras nos fumabamos nuestro cigarrillo y la llama del deseo se reflejaba en nuestras pupilas. La apoyé en el respaldo del sofá. Mis dedos resbalaban como gotas de agua a través de un cristal, desde su boca hasta su ombligo: la raíz de todas mis adicciones. Es justamente la mitad suya donde la sentía entera, el escondite donde me liberaba para encadenarme a su cuerpo y donde descansaban todas mis caricias. Le mordí la boca, la nariz y el cuello. Su piel se erizó como escarpias, y deseaba pincharme. La puse de pie para que se quitara su vestido delante de mi, quedando sus dos tetas a la altura de mis dientes. Las mordí, provocándole un gemido en forma de sonrisa y una humedad en mitad de su sexo. Le ordené que se pusiera a cuatro patas encima del sofá, dando luz al precioso brillante azul. Buena niña, lo llevaba puesto. La volví a besar desde su cuello, bajando en forma de cascada, hasta la raíz de mi ansiado tesoro. Cogí el pañuelo atado a su muñeca y lo llevé a su espalda para poder atar su otro brazo a él. ¡Bendita imagen! Y, mientras pasaba mi lengua desde su clitoris hasta el precioso brillante, le solté dos cachetazos con la mano abierta, dejando mis cinco dedos tatuados en su trasero y, su sexo, mi barbilla chorreando. No podía dejar de beberle el coño. Estaba sediento de ella, mientras la sujetaba del pelo, arañaba su espalda y le volvía azotar. Sonia me regaló un intenso orgasmo para saciar mi sed. Le quité el nudo de las muñecas. Le di la vuelta quedando completamente estirada encima del sofá. Me deshice de mi pantalón, quedando mi falo mirando al techo. Me puse a su lado. Hice una alondra en su cuello con el pañuelo. Introduje dos dedos en su empapada vagina y, mientras le hacía experimentar la hipoxifilia estirando del pañuelo, le introduje mi polla en la boca.

Empecé a mover mis dedos dentro de su sexo, suave e intensamente. Buscaba el placer en sus gestos faciales y en cada puta célula de su existencia. Mi cadera, en un vaivén, le estaba produciendo más de una arcada, babeando mi escroto. Mis ansias por hacerla gozar hizo que agitara mis dos dedos con más frenesí. Luego fueron tres. Las ansías de Sonia le transformaron su boca en un coño follándose mi polla. Estábamos gozando como los ángeles en el paraíso, hasta que estalló en un nuevo orgasmo. Bebí de mi mano el néctar que me regaló. Volví a coger el pañuelo que había anudado a su cuello y, estirando de él, la obligué a seguirme hasta su habitación, como una buena perrita. Le volví a poner con el culo en pompa encima de su cama. Mi niña parecía un avestruz asustado de lo que llegó a enterrar su cabeza en el nórdico ansiando mis ganas. Me recreé observando la visión que me estaba regalando mi puta: su raja dilatada, rezumante, las nalgas coloradas con un precioso tatuaje y un brillante azul en mitad de su esfinter. No pude aguantar ni un segundo más. Me agarré a sus caderas y le clavé mis ansias, que eran las suyas, en mitad del coño, bombeándola poseído de lujuria. Mis cojones topaban con su clítoris y, mi mano, soltandole azotes a destiempo, estaban componiendo una enestimable batucada. ¡Qué follada nos estabamos regalando! Volvíamos a gemir y sudar juntos. Habían pasado más de dos años de aquel primer encuentro, y las ganas estaban haciendo su función. Me la estaba comiendo a besos. La devoraba. Éramos dos perfectos amantes encontrando la libertad necesaria para entregarnos mutuamente. La puse de costado y yo detrás de ella, sin sacársela de sus entrañas. Le levanté una pierna obligándole a que se abriera bien el coño por, y para mi. Mi niña deseaba complacerme abriéndoselo, y yo a ella con mis embestidas. La besaba detrás de la oreja, respiraba de su pelo, le mordía en la nuca, le estiraba de sus pezones y le volvía a soltar algún que otro cachetazo. Azotarla enardecía todo mi ser, hasta que acabé fundido con ella en un intenso orgasmo, logrando mutilar nuestro infierno.

Sonia tiene un gato; un buen amigo mío desde el primer momento en que me vio. Lo siente como suyo, pero el gato cabrón hace lo que le viene en gana. Pues algo parecido me sucedió a mí para con ella, ya que al día siguiente volvió a quedar con su sádico. Le falta tiempo para sentir, y no tiene tiempo para cosas sin alma. Sin embargo, yo tansolo soy un viento que llega y alguien sopla hacia otro lado y, mi libertad, también está en sus ojos cuando me mira y yo ya no consigo verme. La confianza y honestidad había forjado la sinceridad necesaria para contarnos cualquier cosa. Ya me avisó de que quizás iría a verlo, haciendo aflorar de nuevo en mí la ceguera de los celos. ¡Estando casado, menuda necedad! Es qué... ¿acaso ella no estaba obviando que estaba casado para no tener que salir de nuevo por patas? La cuestión es que me envió un mensaje cuando salía de haber estado con él, en una sesión de menos de una hora, sin sexo explícito. "Te espero en la gasolinera, mi puta..." eso le respondí. En diez minutos estaba aparcando su coche junto al mío. El día era gris y estaba lloviendo. Se bajó de su coche con el vestido estampado que hubo estrenado conmigo, una chaqueta de cuero a juego con sus botas, un pañuelo al cuello, unas medias color beige a medio muslo y las bragas en su bolso. "Sube" le ordené. Conducí hasta la playa. Nos sentamos en un banco mirando como unos jóvenes practicaban surf. Seguía lloviendo, pero menos que dentro de mis entrañas. "¿Y bien, cómo fue?" Le pregunté con el alma miscelada. Ella empezó a relatarme de una manera superficial lo que habían hecho; yo le preguntaba por lo qué había sentido al experimentar cada latigazo. Ella accedió a contármelo con todo detalle, dilatando sus pupilas, la humedad de su boca y la del coño; yo verla en ese estado más se me miscelaba el alma. Sentia una mezcla de celos y morbo, aumentando nuestras ganas. La besé, la volví a besar, a mimar, a rozarla, a sentir su piel junto a la mía. "Ven" le dije cogiéndola de la mano para subirnos de nuevo al coche. Busqué un sitio apartado en mitad de una hacienda. Le quité su chaqueta de cuero. Comencé a besarle la cara, el cuello, la nariz... separé sus piernas dejando a mis ojos recrearse con su hinchado coño como una esponja al haber retenido demasiado agua. Sí, su coño estaba precipitando de placer, y yo con él. La lluvia se hizo más intensa, dejando los cristales empañados igual que el cerebro de Sonia. Su entropía le había anulado la razón. Sólo sentía mis besos, mis caricias y su pañuelo asfixíandola, con tres dedos metidos en el coño, regalándome, todos los orgasmos que me pertenecían y su sádico no consiguió provocarle. Volvimos a la gasolinera. Sonia se subió a su coche sin dejar de mirarme intensamente a los ojos, hablando un idioma que sólo ella y yo conocíamos y, el alma, se nos partió en mil pedazos al tener que separarnos. Yo tenía que volver con Inés.

Comencé dándole los buenos días con más insistencia, con mis mejores versos acompañados de una imagen sensual o una canción que hablaba de nosotros. Los buenos mediodías. Y las buenas tardes. Y las buenas noches. Y los buenos de todo. ¡Maldito idiota! Cualquier momento que tenía libre se lo dedicaba a Sonia, escapándome de casa para regalarle un encuentro de un suspiro. Anhelaba besarla, verla, tocarla, olerla, morderla. Me interesaba por cualquier cosa que hacía o sentía. Necesitaba meterme en su mente, en su cuerpo y en su alma para desmontarla y volver a montarla. Era una obsesión la mía para con ella, pero con el único objetivo de conocerla mejor, y así, poder sorprenderla más aún, creyendo que así le daría la certidumbre que yo necesitaba. Ella no necesitaba certidumbre, sino sentirme y vivirme en todo mi esplendor, aunque durase un suspiro. Comencé a sentir el veneno de los celos, que había superado, de nuevo correr por mis venas con más intensidad. Intentaba obviar lo de sus clientes; igual que ella lo de Inés, pero lo de los dominantes me superaba. Seguía hablando con el más sádico. Yo intentaba hacer de esa situación un juego morboso para nosotros, consiguiéndolo en la mayoría de veces. Pero, el veneno de los celos, hacía que por dentro me estuviese pudriendo poco a poco, y se lo comenté. Ella me respondió: "Javi, cariño... nunca sigo el orden de la libreta. Suelo abrirla por la mitad y escribir en la primera hoja en blanco que encuentro. En la parte anterior o pestaña, no impuesta. Pero nunca empiezo por el principio, porque a veces, no se ir despacio y porque a veces no quiero. Mejor sin principios ni finales, bucear sin horizontes, sin pentagrama, poner la nota en la esquina o donde me de la gana y cantar la Traviatta, salirme de las lineas, romper el cuadrado, adelantar en continua, andar descalza y clavarme cuchillas. Y es que soy así. Tengo prisa por sentir. Pero a ti... a ti te tengo prisa por sentirte despacio". Qué podría haber añadido yo, sino responderle con un beso al estilo esquimal que tanto la hacía sentir y, fundirnos en un abrazo,  juntando nuestros corazones, que tanta sazón me daba.

Pasaron quince días y volvía a quedarse sola el fin de semana. Me hice con tres regalos para Sonia. Aceite esencial de sándalo, un lubricante y una cuerda roja. Los mandé envolver para regalo y se los fui entregando uno cada tarde en esos fugaces encuentros de diez minutos que teníamos, diciéndole que no los abriera hasta que yo se lo ordenara. "Salgo para allá, mi niña" le dije en un mensaje de voz. "Qué te apetece tomar, cariño..." me preguntó. "Cualquier cosa mientras sea contigo, mi niña..." Le respondí. En veinticinco minutos estaba tocando de nuevo su timbre. Me abrió la puerta con una camisa dos tallas grande y su pelo recogido. ¡Qué buen aroma desprendía su casa! El gato cabrón se puso de nuestra parte, y quiso poner su granito de arena para hacer de nuestro encuentro algo más profundo: dió con el regalo que contenía el botecito de sándalo y rasgó el envoltorio quedando un misterio resuelto. Sonia decidió colocar unas gotas en un quemador de aceites esenciales antes de mi llegada a su lugar sagrado. Gracias gato. El arte de los nudos siempre ha llamado mi atención. Deseaba relagarle una sesión de bondage y, el brillante azul, sin lubricante no era del todo agradable utilizarlo. Le di a elegir que regalo quería abrir primero después de brindar con nuestras cervezas. No recuerdo la marca, pero han sido las mejores cervezas que he probado en mi vida. Eligió el regalo que contenía la cuerda roja.

La puse de pie junto a mí. Comencé a besarla desde la frente hasta su escote. Su piel se volvió a erizar como escarpias y mi falo con su piel. Una mano acariciaba su raja muy delicadamente; la otra la tenía cogida del pelo de su nuca firmemente. Fui desabrochando botón a botón la camisa, dejando que se deslizara por todo su cuerpo hasta caer al suelo, quedando completamente desnuda. Juntó sus manos delante suya. Tenía claro a quién pertenecía. Sentir esa entrega hacia mí, enardizaba cada centímetro de mi cerebro y encandilaba cada milímetro de mi ser. Hice un nudo sujetándole sus muñecas. Las llevé a su pecho para voltear la cuerda por su espalda y quedar sus codos pegados a su pecho. La giré, quedando su culo hacia mí y, mientras pintaba cada centímetro de su espalda a besos, le solté dos cachetazos en sus nalgas que le hizo olvidarse de todo, y yo con ella. Tansolo sentíamos el arte brotar de su lienzo. Bibrabamos en la misma frecuencia. Desaté sus codos. Le hice poner sus muñecas, aún atadas, encima de la cabeza, para poder atar a su cintura la cuerda y quedar completamente sujeta y totalmente expuesta a mis deseos. Le mandé arrodillarse delante de mí, quedando su boca a la altura de mi polla y, antes de metérsela en la garganta estirando de sus pezones, pasé mi mano por su coño. ¡Estaba chorreando!  Sentirse dominada de esa manera le encantaba. Me había entregado por completo su voluntad, y la humedad de su sexo. Una vez con la polla llena de babas y unas ganas locas de follármela, puse un edredón en el suelo. Le hice sentarse en él. Me coloqué detrás de ella sin dejar de acariciarla a besos. Ella respondia a cada beso y caricia con pequeños gemidos. ¡Qué manera de volverme loco! Deshice el nudo de su cintura y el de las muñecas. Le puse sus dos brazos a la espalda. Le flexioné las piernas e hice que las abriera. La incliné hacia adelante, quedando sus hombros a la altura de sus rodillas. Anudé de nuevo sus muñecas a la espalda pasando la cuerda de una pierna a otra por detrás de la espalda, sin poder cerrar las piernas. La acabé de estirar encima del edredón quedando completamente inmovilizada, abierta de piernas y su coño ofrecido para mi recreo. El gato cabrón no perdía detalle. Me puse entre sus piernas y, mientras le estaba mordiendo el coño, le introduje dos dedos obligándole a correrse como una perra en celo. Sonia no quería ni deseaba dejar de correrse. Su respiración entrecortada, sus ojos en blanco y sus mejillas de color amapola así me lo indicaba. La desaté. Le azoté con la cuerda en su sexo, en su espalda y en el culo, soltándose el extremo de una sujeción de la cuerda. El gato cabrón se quedó jugando con la cuerda, y yo con su dueña de nuevo en la habitación. Volviamos a sudar juntos y regocigarnos en orgasmos. A sentirnos como dos sementales codiciosos de placer. Sonó la alarma de mi móvil. Habian pasado tres horas y debía de volver a casa. "Todo y nada, Javi... Y tu estela, todavía en mi mar. Viviré en ella hasta el próximo todo" me dijo Sonia antes de meterse en su cama, en un mensaje de buenas noches.

Nunca hay que intentar cortarle las alas a un ángel. Lo matarias de pena. Caería en lo más profundo del infierno y arderia hasta hacerse cenizas. Sonia es puro sentimiento, un alma libre, y se me partía el alma cada vez que me veía marchar en sus ojos. Pero mi esencia, cegada por la emoción de los celos y la necesidad de certidumbre, las emociones más traicioneras, me nublaba la razón. En lo más profundo de mi ser sentía como la cobardía y la impotencia aumentaba mi necedad, anulando la capacidad para disfrutar al máximo cuando estabamos juntos. Sin embargo, ella lo sabía interiorizar, no haciéndome participe de ello provocándole grandes tormentas en su interior. Yo, sin embargo, lo exteriorizaba intentando coartar su libertad. ¡Seré idiota! Sé que no podía exigirle nada estando casado, aun así le puse una condición, a la que ella aceptó sin reparos: mientras estuviera conmigo no le daría ni la boca ni el coño a nadie que no fuese su cliente. Sonia añadió con total sinceridad: " Javi, siempre me quedaré contigo mientras te tenga. Quiero explicártelo bien. Quiero que sepas, que cuando siento tu presencia, una chispa prende mi ser. Se ilumina mi infierno y me arde hasta la sangre. Y no me refiero sólo cuando te veo, sino, cuando te siento. Y te siento con una palabra, con un mensaje, con un buenos días, con un eres mia, con una mirada, con una sonrisa o por telepatía. Te siento. Y cuando estoy frente a otro a mi no se me ilumina nada, sólo experimento. Es más, tampoco quiero que nadie cure mis heridas, para cuando estoy contigo lo necesito y, cuando estoy contigo, si una palabra me hace sentir, imagínate un azote... ¿entiendes? Pero te lo dije el primer día, yo no quiero esto de ti, bueno, que si me lo das, fantástico. Pero que tú me haces sentir con una palabra". ¡Maldito idiota! Más claro no me lo podía decir, y seguí cegado de celos por un dominante mundano y exigiéndole certidumbre que, desde el primer día, ya me estaba dando. Volví a visitar la tienda erótica. Me hice con un "flogger" por orgullo y, no hay nada más sórdido, que la vanidad de una persona. Ya no era yo mismo.

Llegó el día que nos podíamos recrear juntos más de diez minutos. Olvidarnos de todo y disfrutar. Sentir la mutilación de nuestro infierno ardiendo hasta hacernos cenizas. "¿Qué te apetece tomar?" Me preguntó mi ángel. "Helado de chocolate y menta" le sugerí. No tenían. Ella me envió la foto de las cinco neveras para que eligiera. ¡Cómo no quererla! Recuerdo que no le contesté, estaba buscándome en el nuevo disco de Robe: Mayéutica. Compró de varios sabores. "Pon el brillante en el congelador y dos cervezas, salgo para allá..." le avisé cuando salía de casa. "Vale, cariño..." Contestó. Pasaron veinticinco minutos y ya estaba tocando el timbre de su santuario. Sinceramente, me había roto en dos. Era un espectro con forma humana. No podía controlar mis emociones. Por un lado sentía la embriaguez de su presencia transportándome al Nirvana; por el otro, la ira de la impotencia producida por los celos y la tibieza de la certidumbre. Una mezcla contradictoria de sentimientos. Necesitaba cuidarla, sentirla, hacerla mía, hacerle experimentar todas las sensación a través de nuestros cuerpos, en definitiva, todo lo que no necesita cadenas. Sin embargo, no hay cadena más poderosa que los celos y la certidumbre, producida por el mayor asesino en serie: el amor. Sí, me estaba enamorando de un alma libre que buscaba en las emociones la conexión con ella misma. Hubiera funcionado, estoy seguro, de no ser porque yo ya estaba encadenado a Inés. Comencé por atarla. Deprisa y mal. Le vendé los ojos. La puse a cuatro patas. El gato cabrón dio con el extremo de la cuerda que se perdió en el último encuentro tan productivo. Me fui al congelador y saqué el brillante azul. Abrí el último regalo que quedaba por abrir. Unté su esfinter de lubricante. Le introduje sin ninguna conexión el plug. Cogí el floger, y comencé a castigarla sin ningún control. "¡Para, Javi... para!" Me hizo volver en sí la dueña de mi alma. No podía creer lo que había sucedido. Nos sentamos en su sofá. Ya no era mi sitio. El silencio nos devolvió a la realidad del sueño. Sólo la perla roja de la sujeción del extremo de la cuerda roja en manos del gato lo rompía. Más calmado y consciente, cogí de nuevo la cuerda. Comencé a tejerle un precioso vestido. Ella volvió a conectar conmigo. Estábamos bailando al son que marcaban nuestros latidos. La excitación fue en aumento. Volvía a pincharme en su piel y ella en mi lascivia. La cogí de la mano dirección a su habitación, deteniéndonos en el espejo que nos estaba regalando la imagen de dos perfectos amantes deseando sentir todas las emociones a través de la entrega de sus cuerpos. Nos fundindimos entre besos, caricias, sudor y orgasmos. Nos escondimos debajo de su edredón y, abrazados como si hubiéramos pasado la noche juntos, nos dimos los buenos días rozándonos cada poro de nuestra alma, volviendo a experimentar innumerables orgasmos, muchos más intensos, que con la propia penetración. ¡Hasta que sonó la puta alarma que nos estaba chillando la hora de separarnos! Ella deseaba morderme el cuello, mi espalda y mi barbilla mientras me estaba vistiendo para irme, para dejarme tatuado sus mordiscos. No pudo hacerlo. No le brotó. Experimentó realmente la cadena que mutilaba sus alas. Tansolo pudo restregarme su sexo, aún húmedo, por toda mi espalda devorándome a besos y caricias. Pensaba demasiado en mi bien estar y deseaba volver a sentirme, provocándole un vacío en forma de bomba nuclear. No era cuestión de llegar a casa y que Inés me viera marcado.

Al día siguiente fui a verla de nuevo. Sabía que algo no funcionaba bien entre nosotros, tengo esa empatía para con ella. "Tenemos que hablar sobre lo de ayer" comencé a decir con la mejor cerveza del mundo en mi mano. "Debes estar pendiente de mi, de mis expresiones o gemidos, de mis miradas y saber que significan. Hay que conocerse mucho para según que cosas y, cuando me rayo, no se me va facilmente, ya no estoy a full" me habló su alma. "No sé, creo que fue demasiado rápido y duro, no sentí el vinculo, un estas bien, o no se... Prefiero que todo vaya fluyendo e increscendo con la excitación conjunta, que no sentirlo como un castigo". Continuó diciéndome. Yo asentí y, aún creyendo desde niño que nunca hay que pedir perdón, sino, rectificar, le pedí perdón y le conté cómo me hacía sentir que tuviera a otros para experimentar, no lograba entender porqué no podía ser yo el único, habiendo despertado en mí el sentimiento más asesino de todos: el amor. "Ya, pero eso no te lo puedes permitir, yo estoy entregando mucho, me quedo en tus manos, necesito confiar. Tomémoslo con calma y ya fluira, cariño..." me contestó con una sonrisa y una mirada ambigua. "Déjame unos días de reflexión y ya se me pasará" continuó. Pasamos el fin de semana en silencio verbalmente, pero no emocionalmente. Por mi alma retumbaba todas las mascletadas de Valencia, intuyendo lo que se me venía encima.

"Te espero donde siempre a la misma hora" le dije en un mensaje el lunes. No quería esperar más tiempo a saber su decisión que ya sabía. "Mátame ya, mi niña" le dije con el alma partida. Se le cayó un precioso pendiente de la oreja derecha mientras nos apuñalabamos a besos. Tenía forma de pez con muchos colores y, deseé quedármelo. No lo hice. Y, tras despedirnos con el cuerpo pero no con el alma, se dirigió a la playa a buscar la paz que ya no sentía. Salí detrás de ella con no sé que intención. Me brotó así del fondo de mi ser. Pero, una llamada de Inés, me hizo recular y volver a casa. Tansolo me quedé con el alma sangrando, una chaqueta imprengnada de su perfume que aún no he lavado y un mechero azul con el deposito lleno de gas, pero sin piedra, que lo haga volver a prender.



"¡Jose!, ¡Jose! ¿No has visto qué hora es? ¡Levántate ya!" Me despertó mi madre a las ocho y ocho de la mañana. Otra día más que no iba a asistir a clase a primera hora...






















viernes, 23 de abril de 2021

Cuenta la leyenda que un valeroso y apuesto caballero mató a un noble dragón para impresionar a una princesa y, de su sangre, brotó una rosa. El apuesto caballero, con su lanza en mano y al lomo de un equino, se fue en busca de su deseada princesa y comieron perdices el resto de sus días. Cuentan...


Los habitantes de esa ciudad, no contentos con la ira gratuita desatada del apuesto caballero sobre el noble dragón, hicieron cenizas con los restos. Pero la rosa logró quedar intacta al fuego, al dolor, a la mezquindad y a la sordidez de sus habitantes. La rosa, que deseaba entregarse por completo al verdadero amor libre, después de lo ocurrido, al sentir en el fondo de su pistilo toda esa maldad, para que ningún mundano se atreviera a rozarla, desarrolló en su tallo unas afiladas espinas. Se había convertido en la flor más preciada y deseada, símbolo de la verdadera entrega.

Muchos, hasta la actualidad, han intentado hacerse con ella como prueba de la verdadera entrega para con su amada, pero han desistido en el intento, por miedo a clavarse las afiladas espinas...




(Tuyo... aunque no sean florecillas silvestres de infinitos colores)







jueves, 15 de abril de 2021

Nunca dejo de pensar en ti. Me duele, y no sabes cuánto, que otro logre hacerte sentir más que yo. Sé que puede sonar a que soy una persona insegura, pero estoy seguro de ello. Te siento en cada puto átomo y pensamiento de mi ser...

Quizás me haya obsesionado con demostrarte lo mucho que te necesito en mi vida, sin pensar que puedo agobiarte o anularte como persona. Sé que te has hecho a ti misma antes de conocernos, mas sólo me queda acompañarte...

Soy de tu necesidad. Lo veo en tus gestos, en tu mirada, en el sillón del copiloto cada vez que conduzco y en como se te eriza la piel cuando te rozo. Sobran las palabras. Pero mis ansias de ti, hace que se miscele mi necio cerebro junto a tu loco corazón...

Y cómo soplarte todos los remolinos que despiertas dentro de mí. Y cómo salpicarte que eres la tirita que sana todas mis heridas, para que comprendas que en la bidireccionalidad está lo infinito. Lo llevamos grabado en forma adagio...

Decía Oscar Wilde que la música nos revela un pasado personal que hasta ese momento ignorábamos. Y yo te digo, mi niña, que no hay mayor revelación que la de estar sintiendo como cada semicorchea tuya hace vibrar toda mi alma. ¡qué sabrán los chocolateros de hacer una fundue! ¡qué sabrá el infierno de despertar anhelando tu fragancia! La que dibuja peces luna, atunes y escorpiones en una nube. Y es justo ahí donde quiero estar, contigo... (Y que un cucut sea testigo de nuestras ansias)

Ahora ya lo sabes...
Ahora ya lo sentimos...
Ahora todo; ahora nada...