Recogiste el paquete con un enjambre de abejas revoloteando dentro de tu estómago. Sabías perfectamente lo que contenía. Tu casualidad de verano podía escuchar, perfectamente, el zumbido que emitía cada átomo de tu cuerpo cada vez que recibes mis noticias más urgentes. Le ordenaste que, con móvil en mano, no perdiese detalle de lo que iba a suceder desde ese preciso instante. No dudó en obedecer. Buen chico. Comenzaste por despojar toda la ropa que oprimía ya tu cuerpo. Entraste al baño directamente a la ducha. Querías estar bien limpia y perfumada para cuando empezara el juego.
Desde el quicio de la puerta del baño, móvil y polla en mano, tu casualidad de verano no perdía detalle tal y como le ordenaste, haciendo honor al infinito entre cuatro paredes que lleva tatuado en su muñeca izquierda. No como yo, que llevo tatuado el infinito en mitad de mi puto cerebro. Tomaste la ducha de mano y le ajustaste el chorro dirigiéndolo directamente hacía tu rico manjar. Abriste la pluma del grifo. El agua helada empezó a acariciarte la pepita del coño. En tus mejillas se dibujó un rojo amapola que hacía morderte el labio inferior. Bajaste un poco más el chorro de agua hasta la altura de tu dulce vagina. Giraste la pluma hacia el agua hirviendo. Ese contraste de temperatura en tu cuerpo provocó que tus pezones se pusieran duros como rocas y, un primer orgasmo. Cerraste el grifo. No deseabas empezar aún el juego, o eso creías.
Completamente desnuda, seguida por el excitado cornudo del cámara y, el paquete recibido en tus manos, fuiste hacia la sala de estar. Sentada en tu sofá abriste el paquete. Era un espejo de mano como bien sabías. Los ojos del cámara casi se salen de sus órbitas al verlo. No hay nada más excitante que la incertidumbre de un cornudo consentido al ver a su esposa sometida a las órdenes de su amante. Cogiste el espejo y lo colocaste encima de la alfombra, esa de tan suave textura que tantas veces te ha visto gozar. Sí, esa. Te pusiste a horcajadas encima del espejo tal como te ordené. Con dos dedos separaste tus labios verticales, para poder observar lo rosado que es tu coño. Por primera vez viste tu clítoris. Es diminuto, duro y sensible. Cómo yo, cuándo no estás a mi lado. Lo acariciaste con sumo cuidado con la yema del dedo anular. No podías liberar los ojos del espejo. Estabas recreándote viendo cómo tu dedo se movía en círculos y empezabas a humedecerte. Dejaste el clítoris por un momento, y deslizaste el dedo hacia la entrada de tu vagina para humedecer la zona con el dulce almíbar que emanaba de tu coño. Poco a poco veías como ese dedo iba entrando en tu interior. Parecías tener algo dentro de ti que chupaba tu empapado dedo. Ni aún hoy no sabes lo que más te gustó, si sentir tu dedo entrando o ver cómo tu coño devoraba el dedo entero. "Fue algo inolvidable. No deseo estar como contigo, con nadie más que contigo" esas fueron tus palabras cuando te pregunté.
Las piernas te comenzaron a flaquear de placer. Tuviste que recostarte en la pared para recuperar el aliento del segundo orgasmo. Eres insaciable. Querías más. Ordenaste al cámara que te trajera un esférico cubito de hielo de la nevera. El cuál, no tardó ni medio minuto en complacerte. Te separaste de la pared. Colocaste el trozo de hielo encima del coño para masturbarte con él. Te dolía el coño de frío. ¿Recuerdas? Acomodaste el culo para poder penetrarlo también. Metías dos dedos en la boca para salivarlos bien, sin dejar de castigarte el coño con ese bendito trozo de hielo y, echando las nalgas hacia atrás, lograste introducirlos por completo en el esfínter. Podías ver, con una mezcla de entusiasmo y lujuria, cómo tus dos manos se encontraban haciéndote gozar nuevamente, como una perra en celo.
Experimentaste dos orgasmos a la vez. Uno físico y otro mental, ya que, aún antes de correrte, sólo con ver en el espejo cómo castigabas tus orificios de placer, ya te estabas corriendo en tu mente, como yo bien quería...
(Para tu memoria de pez, mi puta)
(Para tu memoria de pez, mi puta)

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