Acaricio con la yema de mis dedos y los ojos cerrados, las ondulaciones que dibuja su pelo castaño oscuro. Me imagino el vaivén de las olas del mar: un mar dónde quisiera naufragar. Abro los ojos y me encuentro con su mirada azul aguamarina, y me falta el aire, me ahogo. Es una mirada tímida la suya. Una mirada limpia. Dónde se aprecia perfectamente la fortaleza de su alma. Y, ¿qué cómo puedo hacer esa afirmación? Porque, la timidez de su mirada y su vocación profesional, es la perfecta antítesis que engloba la perfección. Ella es fuerte y con determinación. Ella es humana. Y, como humana que es, lleva dentro todos los demonios. Aún así, deja de lado el egoísmo y empatiza con los más necesitados.
Sigo deslizando las yemas de mis dedos por encima de sus desnudos hombros. Sólo una tira fina de color rojo, que sujeta su pijama, los cubre. No, no es negro y de encaje, pero me encanta. Y ella también lo sabe. Y no porque sea del mercadillo y tiene más de diez años y Koda había dormido encima de él antes de ponérselo y deja ver las nalgas de su culo, no... (bueno, un poco sí) es por el porte y elegancia con el que lo luce. Y ella lo sabe. Conoce, perfectamente, el poder imnotizador que ejerce sobre mí, y sobre cualquier hombre si se lo propone. (lo descubrió con 17 años). Sé, también, que sin pretenderlo ella, se ha adueñado del poco raciocinio que me quedaba. Ella no lo sabe, pero ya se lo digo yo: hacía demasiado tiempo que no encontraba otra mejor manera de perder la razón. Y, para prevenirme de tu futura avaricia, decirte que: el problema no es que te vayas, es que lo hagas y consigas ser feliz, porque solamente en la felicidad se olvida. Y que me olvides, créeme, es como morir un poco. Igual que cuando pasan las horas, y no veo una erre. ¿Eres consciente de lo feliz que me haces al ver una erre instantánea?
Aparto la fina tira roja que cubre sus delicados hombros y, cae al suelo su pijama. Está preciosa desnuda. Nunca he visto tanta grandeza en un metro cinquenta y siete de estatura. (uno sesenta y cinco con tacones). Ya se que estarás pensando que nunca duermes sin ropa interior, pero, éste es mi manuscrito y sueño en letras. Me acerco a su oído y, con un mordisco en el lóbulo izquierdo, le susurro todas las ganas que despierta en mí. Me contesta con un guantazo. Y un beso desesperado...
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