¿A qué huelen los sueños? ¿Qué forma tiene el aire? Y, ¿el agua? ¿A qué huele el deseo? Y, ¿las ganas?
Qué puede parar al Sol... Y, ¿a la luna?
Siempre hay razones que nos hacen enloquecer. Así pasaba las noches enteras desde su partida. Intentaba darle forma al agua, a las ganas y a la luna en el refugio de mi alma. Me había encerrado en el castillo de quién creía ser. Murallas infranqueables había reconstruido y, sin darme cuenta, en la necedad de mi existencia, había entrado en un bucle autodestructivo. Las bastas paredes empezaban a tomar un color verde amarronado, de tanta humedad que habia derramado en forma de lágrimas. Me asfixiada. Pero, en el último suspiro agónico, conseguí salir a la superficie, sin esperanza alguna, de encontrar respuesta a todas mis estúpidas preguntas. No somos conscientes, de lo arraigados que estamos a la vida, hasta que escuchamos afilar la guadaña.
Al alba siguiente, al pasar por delante del espejo y, ver reflejado en él, un espectro con mi misma cara, se apoderó de mí la nostalgia de quién fui en antaño. Esa tristeza acabó por derramar mi último aliento, y me hice una promesa: resurgir. Resurgir a pesar de saber que soy libre de mis propias elecciones, pero no de las posibles consecuencias. Me enfundé en mi coraza de hielo y, con una sonrisa, decidí pasear por el hipócrita bosque sombrío de la vida. No vivimos, se aprende a sobrevivir. Las sombras no desaparecían a pesar de mi actitud, sino que, tomaban un color aún más plomizo. La utopía es solamente un estado mental. Cansado, me senté al pie de un viejo árbol y, mientras estaba de nuevo ensimismado en mis estúpidas preguntas, escuché un ruido sordo. Era una música mística. Celestial. Abrí los ojos y cerré la mente. Era una imagen difusamente limpia la que se apareció delante de mi. Un aro de fuego la envolvía y, en su interior, el agua, las ganas y la luna, daban forma a un cuerpo de mujer. No, no era un trisquel cómo pensé en un primer momento, era una princesa . Una Princesa de fuego, dueña de su destino, vestida de ninfa y sensibilidad. Me quedé absorto viéndola cómo se acercaba a mí, danzando al son de la música que emitían los latidos de su corazón, en forma de tambores tribales. Se detuvo enfrente de mí. Extendió su mano y, con un beso en forma de caricia, posó sus dedos en mi cara. Sentí, cómo su calor, derretia mi coraza de hielo, dándole forma al agua. Las orejas se me empezaron a alargar, mis extremidades pasaron a ser patas, los colmillos se me desarrollaron al igual que mi hocico y, el cuerpo entero, se me cubrió de un espeso pelaje blanco. Sí, me había convertido en un lobo. Sí, me había propuesto resurgir, lo que aún no era consciente de las consecuencias que acarrearía. Nos mirábamos fijamente a los ojos sin decir palabra alguna. El raciocinio se hubo convertido en demencia. La demencia en deseo. Y el deseo, en esas ganas que te duele hasta el último átomo de cada puta célula de tu cuerpo. Y, cómo si de un conjuro se tratará, me susurró al oído: "Thig crìoch air an t-saoghal, ach mairidh gaol is ceòl". Desde entonces soy esclavo de la luna.
Aunque, desde aquel día, a pesar de darles razones a mi locura, sólo me cabe una duda. Estaba seguro de que las puertas del cielo y las del infierno dependían de sus piernas. De lo que dudaba, era de si cuándo las abría al cielo o cuándo las cerraba al infierno, o al revés...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.