jueves, 6 de agosto de 2020

Noviembre había empezado lloviendo día sí, y día también. Pero esa mañana amaneció distinto. En el cielo brillaba un sol radiante. Era jueves y no tenía que madrugar. Aún así, en lo más profundo de su alma, sentía como el pesado plomo de sus últimos treinta y nueve años, le habían convertido en una mujer algo más coherente con sus emociones. Si es que, nos esculpimos a base de plomo y cenizas para darle forma a nuestras alegrías, reflexionaba. Había pasado la noche recordando a su bien querida sobrina y, soñando con su papá. Los adoraba... ¡Eran su delirio! Pero, ese jueves, se juró empezar los cuarenta centrándose, exclusivamente, en lo que le hiciera la vida más fácil. Estaba decidida.

Ese jueves era 22 de noviembre y, cansado de escribir para ella en el aire y esculpir notas en el agua que, antes de nacer ya estaban rotas, decidí organizar un concierto a media mañana en la vieja iglesia en honor a ella. Ésta, había sido reconvertida en un nuevo centro cívico y cultural: El rincón, llevaba de nombre. Deseé que fuera un concierto benéfico. Un concierto de arena y romero. Sí, de arena y romero...Toda la recaudación sería entregada, íntegramente, a la asociación de vecinos del barrio. Vamos, un auténtico desvarío, tal y como el necio irracional que estoy hecho. Aún así, la nueva mujer que se juró ser en sus nuevos y recientes cuarenta años, de no volver jamás a mis brazos, anhelaba asistir al concierto. Sabía que era por, y para ella. Su filantropía no le permitía no asistir.

Vive en un sexto piso. Esa noche también había dormido con su pijama negro, y de encaje. Sabía que era mi preferido. Se afianzó en el alféizar de su ventana a contemplar el magnífico día con que había amanecido. Los mejores regalos no siempre vienen de nuestros congéneres. Ahí, sentada al filo de casi un abismo, mientras una ligera brisa mecía su flequillo abertzale, se lió un cigarrillo mientras tomaba una taza de café. Las alturas no le hacían sentir vértigo, sino, la falta de empatía y las personas vacías. Acabado el cigarrillo, se dispuso a vestirse. Se enfundó en un mini vestido negro de gasa estampado, se subió a unas botas que le llegaban a medio muslo y, entre el final del vestido y el principio de las botas se podía contemplar la blonda de sus blancas medias. Llevaba el pelo recogido y, en el cuello, su nuevo fular que ocultaba su precioso lunar, a juego con el bolso. Brillaba con luz propia. Como siempre lo ha hecho. Solo le faltó declararme la guerra.

Antes de dirigirse al Rincón, con nostalgia, se pasó por el cementerio a felicitarle. La noche anterior había soñado con él y no quiso hacerse más sangre, bastante había sangrado dulcemente ya. Pasó de largo y se dispuso a descender por aquella callejuela que le conducía hacia la vieja iglesia para asistir al concierto benéfico. Fué entonces cuando sus ojos tropezaron de nuevo con los mios. Se nos partió el alma. Ella apartó la vista enseguida y siguió caminando con paso firme y decidido. Yo me tuve que apoyar en una farola para intentar recomponerme. No pudimos evitar sentir la locura de entregarnos de nuevo mutuamente. Ya estábamos acostumbrados. Nos conocemos a la perfección, o eso creíamos. Sabíamos que no estábamos hechos el uno para el otro, pero también que viviríamos deshechos el uno sin el otro. Un rayo nos atravesó el cerebro con estúpidas preguntas: "¿Llevará las bragas puestas?"; "¿Habrá notado que no llevo las bragas puestas?"; "¿Llevará liguero a juego con su nuevo fular?"; "¿Se habrá dado cuenta de que el liguero lo llevo a juego con mi nuevo fular?"; "¿Se le habrá mojado el coño al verme?"; "¿Habrá notado la humedad de mi coño al verle?"; "¿Se dirigirá al concierto?" Y, efectivamente, se dirigía a ese nuevo centro cívico y, cultural. La llamé en un grito mudo. Ella debió escucharlo, ya que se giró con una sonrisa que me pareció una auténtica película porno. Creció un bulto en mi pantalón, a la altura de la polla.

Si es que, solo recordamos lo que nunca ha llegado a suceder. Y, una tarde de tormenta en pleno mes de agosto, dió a luz a un hermoso ángel que se lo estará recordando mientras viva. Le llamó: José.


Feliz cumpleaños.
Salud y suerte...






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