Rubia, media melena con unos rizos perfectos. Ojos grandes color aguamarina. Con unos labios de color carmín que, más de uno, no le importaría dejarlos sin pétalos. Vestido negro satinado, estampado a medio muslo, decorado con un lindo cinturón de plata. La verdad que estaba para empotrarla en el mostrador.
¡Oye!, Irrumpe mi calma, ¿Qué vale ésta camisa? Treinta y nueve euros, respondo. ¡Ufff, son carísimas! ¡Yo se las compro mucho más baratas a mi marido! Espeta a la primera de cambio. Estás a tiempo de seguir comprándoselas, le respondo por inercia. Es para ir con un traje gris marengo, me responde. A ese color le va cualquier camisa, es un comodín, llevo vendiendo trajes para hombre toda mi vida. Mira, ésta, este yacar le quedará muy bien, le explico. Pero lleva botones en el cuello, me comenta. ¿Es para llevar con corbata? Le pregunto. Sí, siempre lleva corbata, me responde. Entonces es mejor ésta, con cuello semi-italiano, también le quedará muy elegante. ¡Pero a mi marido le gusta con botones en el cuello! Me comenta. ¡Pues comprase las con botones! Le dijo mientras me dispongo a seguir doblando la ropa que no quiso el anterior cliente.
Sigue mirando y mirando. No le presto atención. Al ver que no le hago caso se vuelve a dirigir a mi. ¡Ya las podrías tener más baratas! Me vuelve a increpar. ¡No te gustarían tanto! Le contesto, ahora ya en un tono más irónico, mirándole los rizos, los ojos, la boca y, el vestido negro estampado satinado. La verdad que tiene un culo perfecto. Bajo la mirada, el tacón le estiliza aún más esas piernas de vértigo. Sigo doblando, colocando las prendas en su sitio.
¡Mira! ¡Es que la necesita para hoy! ¡Y no dispongo de tiempo suficiente para seguir buscando una camisa para mi marido! Me dice un poco alterada. ¡Pero éstas son más caras! ¡Quizás perdiendo diez minutos, para tú marido, las encuentres más baratas como está acostumbrado a llevarlas! Le contesto con una liguera sonrisa dibujada en mi cara. ¡No me gusta tú chulería! ¡Venderás poco con ese carácter! Me dice, sonriendo la muy puta. ¿Perdona? Le contesto, ¿No has leído nunca qué, lo que no nos gusta de una persona, sin conocerla, es en realidad lo que somos nosotros mismos?
En ese preciso momento llega Aurora, la que vende la verdura. Bajita, entrada en carnes, con un delantal que parece a mí abuela, a pesar de su juventud. Lleva su pelo negro recogido en una cola. Sus gafas de culo de vaso les resbalan sobre la nariz de lo sudada que va. Hola, Javier, de las cuatro camisas que me dejaste la semana pasada, me quedo tres, mi hermano, ya sabes que no es de muchos colorines. ¿Qué te debo? Me saluda Aurora. Dame ciento quince euros y, te tomas algo a mi salud, le contesto. Paga en efectivo, con una sonrisa y diciéndome: ¡Eres más apañado rey! Ahora empiezan a entrar muchas bermudas, Aurora, otro día te escapas y lo hacemos igual. Le comento. Vale rey, así lo haremos. ¡Gracias guapo! Se despide.
La rubia de rizos perfectos, boca carmín, vestido negro satinado y piernas de vértigo, se acerca, con la camisa de cuello semi-italiano en sus manos que, no lleva botones en el cuello, contradiciendo los gustos de su marido, con una mirada lasciva, sonriendo como lo hacen las mujeres después de haber tenido un orgasmo. ¿Te puedo pagar con tarjeta? Pregunta. ¡Por supuesto! Le comento...
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