sábado, 20 de febrero de 2021

 Escucha su canción favorita en otras voces distintas, aquella que le susurré para que, nuestros pasos, a pesar de llevar diferentes destinos, al menos, llevaran el mismo ritmo. No puede evitar acordarse de mi, que se le encoja el estómago y que se le humedezcan de nuevo las braguitas. No hay mayor verdad. No hay mejor conclusión. Y sale decidida de su refugio.


Avanza sobre la nieve, a pesar de lo escarpado del camino. Sabe que no debe detenerse o acabará congelada. Su ropa es demasiado ligera para soportar temperaturas bajo cero. Hace tanto frío que no puede dejar de tiritar y, le castañetean los dientes. Al menos no le duelen los pies, ya que apenas los siente. Su cuerpo lo tiene completamente entumecido, enrojecidas e insensibles las mejillas, quemada la piel de sus manos envejecidas, por no tener guantes y, en su cabeza, sin un gorro que le proteja, la gélida nieve se acumula cubriendo de blanco su coleta y flequillo abertzale. Todo eso no le importa. La emoción que siente por dentro evita que desfallezca y se refleja en su rostro, regalando sonrisas, a través de sus ojos rasgados. Esa fuerza interior hace que se crezca, que se crea invencible. Su dolor desaparece cuando llega a la meta: la cárcel psiquiátrica. Y llama a la puerta.

Y aquí sigo. Encerrado en una habitación privado de toda libertad, en una silla, amarrado y delirante. Esperándola. Levanto la vista al sentir su presencia. Un cruce de miradas hace prender todo el complejo psiquiátrico. No hay cadenas suficientes que consigan retenerme para ir a su encuentro. Para cruzar el cristal que nos separa. Y llego a ella, arrasándole la piel, enardeciendo sus deseos, haciéndole suspirar, gemir y jadear de nuevo. Mi amor loco y, necio para con ella, la tiene emputecidamente sumisa a mi alma...






Seamos nada. Con todo lo que somos...

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