Miro a mi alrededor y abrazo al pasado mientras olfateo el etéreo aroma putrefacto de la esperanza: un año menos de vida, un año más sin ti. Aún así, sigo atrapado entre tus bragas, por muy limpias o sucias que las lleves. No queda otra. He de sufrir el miedo a la guadaña que acecha mi alma y a la dicha de mis olvidos.
¿Por qué no supe escuchar a nuestros sabios mayores? Podríamos estar escribiendo nuestro particular Decameron, refugiándonos, lejos de toda esta locura que azota al mundo. Tú, abriéndome, las puertas de tu infierno. Y yo, nadándote, en el amnios de tu néctar que nutre mi existencia. Sin embargo, cariño, sólo me queda la melancolía de quién ya no soy, y de cantar lágrimas con sangre en el regazo de Erlik...
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